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La compañera de trabajo está caliente

El autoestopista

Mujeres en el poder

La jefa dominante

El ejército te hará un hombre

El poder del uniforme

Las ladronas salidas

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Esta historia contiene muchas situaciones que a menudo se consideran tabú.
Estos elementos incluyen: sadomaso, ataduras, sexo forzado y varios otros.
No pretende ser una justificación del sexo forzado (violación) de ninguno de
los modos en que pueda aparecer.
La violación es un delito y en ninguna circunstancia puede tolerarse.
Sin embargo esto no impide que muchos hombres y mujeres tengan las llamadas "fantasías de violación".
Las "fantasías de violación" no significan el deseo de violar a alguien sino
el deseo de ser forzado a tener trato sexual con alguien con quien, en todo
caso, te gustaría ir a la cama.
El autoestopista
(traducido del inglés al español
por GGG, con mis modificaciones)
Era un día de mitad de Julio y la temperatura exterior debía ser lo menos de 32 grados.
Diana estaba sentada al volante de un VW Passat rojo.
Era una mujer sola, de 42 años, aunque parecería al menos cinco años más joven a cualquier persona que la viera.
Tenía el pelo negro azabache, largo hasta por encima de los hombros.
Sus ojos verde oscuros parecían capaces de encantar a cualquier hombre, haciéndole rendirse inmediatamente a sus encantos femeninos.
Además medía unos 1,78 m, lo que, junto con su delicioso par de piernas, reforzaba la impresión general de una magnífica figura.
Llevaba una blusa blanca, y se había soltado el botón superior, ofreciendo una espléndida vista a sus pechos grandes y firmes.
Sus piernas esbeltas se acentuaban aún más por la minúscula falda que llevaba.
Junto a Diana estaba sentada Silvia, su hija de 21 años.
A diferencia de Diana, Silvia tenía el pelo rubio claro, largo y con rizos naturales.
Los ojos azules claros y la nariz delicada le daban una apariencia engañosamente inocente pero extremadamente atractiva.
Era un poco más pequeña que su madre, pero era al menos tan esbelta como ella.
La fina camiseta que llevaba apenas ocultaba sus pechos firmes y grandes.
Como su madre, no tendría ningún problema para seducir a los hombres, y a menudo se la quedarían mirando por la calle.
Como Silvia se llevaba tan bien con su madre, y puesto que las dos tenían un par de semanas de vacaciones a su disposición, habían decidido hacer juntas un viaje a Francia.
Dado que vivían en Holanda, este país tenía la ventaja de que no estaba muy lejos, de modo que podían hacer todo el viaje en coche.
Llevaban una tienda para su alojamiento, con lo que resultarían además unas vacaciones baratas.
"Espero que el tiempo sea tan maravilloso allí como lo está siendo aquí.", dijo Silvia.
"Sí, porque sino también nos podíamos haber quedado en casa", respaldó Diana.
"Oye Silvia, ¿estás tan acalorada como yo?" quiso saber Diana.
"Sí, hace un calor tremendo, incluso con el aire acondicionado en marcha resulta excesivo", admitió Silvia.
Sin embargo no era eso a lo que se refería Diana.
Bajo la influencia del sol se sentía cada vez más caliente.
Notaba como entre las piernas, su coño ligeramente peludo empezaba a humedecerse.
Cuanto más conducía sentía que ese sitio se le ponía cada vez más húmedo.
Disfrutaba bastante de esta sensación de estar cachonda, y sentía tanto más el ansia del deseo cuanto que había decidido no llevar bragas con este tiempo tan cálido.
Y pese a que disfrutaba con la sensación también estaba rabiando por satisfacer sus pasiones.
"No, no me refería a eso, realmente me apetece...", dijo y se detuvo un momento, luego miró a Silvia maliciosamente.
"¡Mamá!", exclamó Silvia, "¡no puedes hablar en serio! ¿Es que estás cachonda?"
"Sí", admitió Diana, mientras se sonrojaba.
"Sigues sorprendiéndome, mamá.", continuó.
"Pero también tengo que admitir que estoy más salida que una perra en celo. Si tuviera un hombre guapo a mano ¡le iba hacer pasar un mal rato!"
Ambas tías estallaron en carcajadas.
Conducían por una carretera importante, todavía en su propio país, cuando de repente a lo lejos notaron a un hombre que sujetaba una señal en la que se leía 'París'.
"¡Anda! un autoestopista", observó Diana.
"¿Por qué no lo recogemos?", sugirió Silvia.
"Humm, si lo haces nunca sabes quien estás metiendo en tu coche.", protestó Diana.
Sin embargo una vez que estuvieron muy cerca paró en el borde de la carretera.
"Creía que no ibas a parar", preguntó Silvia.
"¿Le has echado bien el ojo?", dijo Diana.
Y eso hizo:
El joven debía tener unos 22 años, y tenía aspecto de un actor de cine.
Tenía el pelo castaño claro, ojos marrón oscuro y una barba corta que le hacía aún más atractivo.
Aparte de unos vaqueros azul claro, llevaba una camiseta blanca con la conocida leyenda "No hay tiempo que perder".
A través de la camiseta Diana pudo tener claras vistas a su torso bien formado.
"No perdería nada de tiempo con él.", pensó para sí misma con codicia.
Inconscientemente se relamió los labios.
El joven se acercó al lado del conductor.
Diana pulsó el botón para de modo que bajó la ventanilla.
Miró directamente el guapo rostro del joven desconocido, y durante un breve instante su corazón latió un poco más deprisa.
"¿De modo que también necesitas ir a Francia?", preguntó.
"Ehm, sí, ¿podría ir con vosotras?", pidió.
"Desde luego que sí, inluso puedes sentarte a mi lado, Silvia se sentará atrás," replicó con una amplia sonrisa
.
Él se dirigió al otro lado del coche.
Silvia salió del coche y se sentó en la parte trasera, cerca de ella estaban las herramientas necesarias para montar la tienda: la lona y las cuerdas.
Una vez todos en el coche arrancaron de nuevo y se presentaron mutuamente.
"Bueno, me llamo Diana, y esta es mi hija Silvia", empezó Diana.
"Vamos de excursión a Francia, así que puedes venir con nosotras a París.", siguió Silvia.
"Me viene de perlas, me llamo Paulo y estudio arqueología", dijo.
"Tengo que ejecutar una tarea en el extranjero para mis prácticas, pero todavía no tengo mi propio coche.", añadió.
"Me parecía más agradable hacer autoestop que sentarse en uno de esos rancios compartimientos de tren.", siguió.
"Sí, pero ¿es realmente seguro hacer el autoestop ?" preguntó Silvia.
"Sí, eso puede ser un problema para las mujeres, pero un tío como yo no debe tener miedo a nada", fanfarroneó.
Diana echó una rápida mirada a Silvia, que también estaba sonriendo.
Cuando la conversación se hizo un poco más informal, Silvia le preguntó si tenía novia.
Les dijo que en efecto tenía novia, una muchacha muy guapa que se llamaba Anita.
Tenía 19 años y según su descripción debía parecer una modelo.
Mientras la describió, tanto la madre como la hija sintieron una cierta envidia que brotó ante la idea de lo afortunada que era la bella Anita por meterse regularmente entre las sábanas con este tipazo.
Diana pensó que era uno de los hombres más guapos que se había encontrado jamás, así que estaba decidida a follárselo, para lo cual no desdeñaría la idea de un trío con su hija.
Cuando llevaban casi media hora, Paulo les pidió que pararan un momento, para que pudiera hacer pipí.
"Desde luego, no hay problema.", dijo rápidamente Diana.
Le gustó esto porque, aunque podía evaluar su apariencia bastante bien a través de la ropa fina que llevaba, había un aspecto que siempre le parecía difícil de valorar.
Cuando pararon en el borde de la carretera, cerca de un pequeño camino forestal, él salió del coche para poder hacer pis un poco más lejos para que no sea molestado.
En cuanto desapareció de la vista Diana abrió rápidamente la portezuela y se deslizó entre los arbustos para acecharle.
Sin ser notada lo espió, y le vio bajarse los vaqueros azules.
Satisfecho acechó su polla, que estimó en al menos 12 cm de largo y al menos 5 cm de ancho.
Se ponía tan caliente como el infierno, y le resultó difícil no seducirle allí
mismo.
Mientras él seguía orinando, se apresuró al coche, asegurándose que seguía sin ser vista.
"¿Y?", fue lo primero que dijo Silvia.
Hizo un gesto que describía la longitud de su polla con tanta precisión como podía.
"Uou", dijo Silvia admirada.
"Y más o menos este grosor", siguió Diana.
"Espléndido", exclamó Silvia.
Entretanto Paulo había vuelto al coche y se montó de nuevo.
"Bien, entonces ¿podemos seguir?", preguntó Diana.
"Pues sí", contestó Paulo.
Ella arrancó el motor y se pusieron en marcha otra vez.
Esta vez Diana escogió la autopista.
A pesar del tiempo cálido estaba muy tranquila, de modo que podía ir sin problemas a 140 Km/h.
Conocía esta parte de la autopista y sabía que había pocos controles, por tanto no corría riesgo de encontrarse con una multa.
Mientras tanto Paulo había sacado un bolígrafo de su mochila y se había puesto a trabajar con él.
Desde luego les estaba a disgusto, puesto que pretendían que les dedicara su tención, para poder seducirle.
"¿Me puedes prestar un momento el bolígrafo?" preguntó Silvia desde la parte de atrás del coche.
"Sí, claro" dijo él.
Ella recogió el bolígrafo y él volvió a guardar el cuaderno.
Un poco después Diana empezó a resoplar.
"¿ Tú también tienes calor?" le preguntó.
"Sí, hace un calor considerable en el coche", replicó.
Ella se había desabrochado algunos botones más de la blusa, de forma que ahora podía ver directamente sus pechos grandes y firmes.
Mientras, los rosados pezones de Silvia apuntaban hacia delante y parecían pequeñas gomas de borrar.
Vio satisfecha como él tragaba saliva un instante y enrojecía.
Él intentó ignorarlo y se puso a mirar por la ventanilla, pero al mismo tiempo ella podía ver que se había formado un gran bulto en sus pantalones.
Mientras él miraba un momento para otro lado ella tiró un poco hacia arriba de su falda muy corta, haciendo visible algo del vello oscuro de su húmedo monte de Venus.
Cuando él lo vio se quedó un instante sin aliento.
Se dio la vuelta esperando que Silvia no estuviera jugando a juegos tan extraños y también para apartar la mirada del seductor cuerpo de Diana.
Pero mientras la madre había estado ocupada en intentar seducirle, Silvia se había quitado rápidamente las bragas.
La miró incrédulo.
Todavía llevaba la falda pero se había bajado las bragas hasta los zapatos, y estaba empujando su bolígrafo de un lado a otro dentro de su húmedo coño.
Su lengua humedecía cachonda sus labios, mientras movía de un lado a otro el bolígrafo.
"Uff, uff", gemía.
La vista de todas estas cosas hizo que el bulto de sus pantalones creciera aún más.
Diana aprovechó la oportunidad y empezó a acariciárselo con la mano.
"Entonces, querido muchacho, no creerías realmente que dejaríamos que un tío guapo como tú viajara con nosotras a París gratis.", dijo Diana, mientras apretaba con firmeza su polla a través de los vaqueros.
"¡Déjame en paz!", dijo enfadado mientras le retiraba la mano.
Seguían yendo a 140 Km/h por la autopista.
Mientras intentaba mantener a distancia las manos ansiosas de Diana, Silvia tiró de la palanca del asiento de manera que se vio tumbado de espaldas.
Como aún llevaba el cinturón de seguridad, no pudo levantarse inmediatamente y Diana aprovechó la ventaja del efecto sorpresa para meter la mano en su pantalón, agarrarle con firmeza la polla y empezar a pelársela.
Entretanto Silvia le había metido la mano en la camiseta y empezaba a acariciarle los pezones.
Ahora estaba apoyada completamente encima de él.
Estaba completamente loco y daba golpes a diestro y siniestro.
Diana le dejó para que el coche no se saliera de la autopista.
Silvia se retiró para impedir que recibiera un golpe.
"¡Cuidado!", le gritó Diana a Paulo.
Se había liberado y había vuelto a poner recto el asiento.
Las dos chicas estaban de nuevo tranquilas.
"¿Qué pasa?", preguntó Diana ofendida.
"¿No somos lo bastante tentadoras?", quiso saber.
"Escuchad, creo que sois tremendamente guapas, pero simplemente no quiero serle infiel a mi Anita", dijo, mientras se volvía a abrochar los pantalones.
Las dos chicas ahora se sintían muy decepcionadas, pero por lo demás le dejaron en paz.
"Dejadme en el próximo aparcamiento, ya encontraré a otra persona con quien seguir," siguió él.
Diana le lanzó una mirada decepcionada a su hija, pero ella le respondió con un guiño.
Cuando llegaron a un aparcamiento con muchos arbustos un cuarto de hora más tarde, Diana detuvo el coche.
Justo cuando Paulo estaba a punto de salir Silvia vio la oportunidad.
Con un único movimiento le echó encima la lona, sujetándolo firmemente a continuación.
"Ayúdame, mamá" le pidió a Diana.
La ayudó en efecto, y las dos sujetaron la lona firmemente sobre él.
Como no podía ver nada, empezó a dar golpes a diestro y siniestro.
Además intentó gritar, pero la lona amortiguaba sus gritos.
Con algunas dificultades le empujaron contra el tablero de instrumentos del coche y, utilizando las cuerdas sueltas, le ataron las manos a la espalda.
El aparcamiento estaba desierto, y todo el acontecimiento solamente había durado un par de minutos.
Le pusieron en la parte de atrás, y Silvia otra vez se sentó adelante.
Siguió pataleando en la parte de atrás, pero no pudo liberarse, los nudos estaban demasiado tensos para eso.
Condujeron durante horas sin parar mientras Silvia le vigilaba.
Luego pararon al borde de la carretera durante un rato.
Diana cu sopló algo en la oreja a Silvia.
Sacaron una lata de Cola del maletero, la llevaron dentro y Diana le dio unos cuantos tragos.
Luego le tocó a Silvia de calmar la sed.
Cuando Paulo oyó el sonido de la lata sintió sed inmediatamente y gimió algo a través de la lona.
Esto era exactamente lo que había contado Diana, y primero añadió un par de pastillas a la lata medio vacía, luego la agitó un poco para mezclar bien el todo.
"¿También tú tienes sed?", le dijo maliciosa.
Paulo murmuró algo a través de la lona.
Silvia recortó un trozo de tela de la lona, a la altura de sus labios.
Rápidamente vertió la bebida poco a poco en su boca.
Cuando la lata estuvo vacía cortó otro trozo de tela y la utilizó como mordaza, para que no pudiera gritar.
Satisfecha se sentó al lado de Diana.
Unos veinte minutos después llegó el momento : las pastillas para dormir hicieron su trabajo y Paulo estaba ahora en el país de los sueños.
"Menos mal que llevaras las pastillas para dormir encima, mamá," Silvia se rió entre dientes.
"Sí, ya sabes que a veces tengo dificultades para dormir cuando estoy de viaje", asentió Diana.
"Ahora todo lo que necesitamos es encontrar un sitio tranquilo entonces podemos echar un buen polvo", dijo Diana.
"Sí, ya es hora.", rió Silvia.
Otra vez conducían por pequeñas carreteras rurales.
"Para el coche por allí", dijo Silvia, señalando un cobertizo en el borde de la carretera.
El cobertizo estaba aislado del resto del pueblecito, y parecía estar completamente desierto.
Se detuvieron, luego Silvia salió de exploración por un momento.
Se acercó de vuelta al coche muy excitada.
"No hay ni un alma, y hay heno fresco y suave en el cobertizo."
Echaron otro vistazo alrededor para cerciorarse de que no había nadie por allí.
Luego sacaron a Paulo, que todavía estaba envuelto en la lona, del coche.
Como seguía dormido arrastrarle hasta el cobertizo fue una faena pesada, pero se las apañaron admirablemente bien.
Una vez allí le despojaron de la lona y le quitaron toda la ropa.
Con las cuerdas de la lona sujetaron de nuevo las manos a la espalda, y le ataron juntas las piernas.
En su boca una vez más metieron la mordaza que antes habían utilizado.
Ahora era cuestión de paciencia, es que iban a tener que esperar un rato para que Paulo se despertara.
Esto ocurría media hora más tarde.
Parpadeó y después abrió los ojos.
Las miró sorprendido.
Quería gritar pero la mordaza ahogaba su voz.
Notó con inquietud que estaba atado y que las dos mujeres que le habían raptado estaban delante de él.
"Bueno, ¿quién era el que decía que solo las mujeres corrían riesgos cuando hacían autoestop?" Diana sonrió de oreja a oreja.
"Y ahora estás completamente en nuestro poder" dijo Diana mientras se ponía delante.
Llevo la mano a su pene y lo agarró con firmeza.
Utilizó la otra mano para acariciarle los huevos.
Empezó a acariciarle provocadoramente.
Al poco rato se le levantó y se le puso dura como una roca.
"Pero, ¿entonces qué es esto?" sonrió con malicia Diana.
"Pensaba que no querías follar.", siguió.
"Pero veo que tu polla cuenta una historia diferente."
Mientras le decía, le sobaba el glande con la mano.
A pesar de la mordaza podía oírle gemir claramente.
Se puso delante de él y empezó a ejecutar una pequeña danza seductora.
Mientras lo hacía le tocó a Silvia para ponerse ciego a su cuerpo.
Le besó y le lamió en el cuello, luego visitó el lóbulo de su oreja con la lengua.
Cuando lo alcanzó lo lamió y chupeteó intensamente mientras las manos empezaban a ir en busca de sus pezones.
Tiró de ellos levemente, haciendo que se pusieran tiesos.
Él gimió, esta vez no había escapatoria de sus maniobras de tentación.
Diana bailaba ante él.
Diana, con su exquisito pelo azabache y sus grandes ojos verdes.
Se desabrochó provocativamente botón tras botón de su blusa blanca,
facilitándole una vista cada vez mejor de sus pechos plenos y bonitos.
Finalmente pudo verlos por entero, ella se chupó los dedos tentadoramente, y empezó a acariciarse sus rosados pezones utilizando su mano húmeda.
Se los retorció y se pusieron otra vez completamente duros.
Y mientras Silvia le lamía y chupaba los pezones a él, ella frotó sus pechos cachondos sobre su cara.
Entretanto Silvia empezó a masajearle de nuevo la polla.
Diana otra vez se echó un paso atrás y tiró un poco de la falda hacia arriba.
Luego se la volvió a bajar un poco.
Así siguió enbromándole, hasta que finalmente tiró la falda y pudo ver su magnifico coño ligeramente peludo.
Se colocó directamente encima de su cara y se sentó sobre ella.
Apretó fuertamente su cara contra su coño empapado, que restregó de adelante atrás sobre ella.
Le quitó la mordaza de la boca y apretó su pelvis con fuerza contra ella.
"¡Ahora cómeme realmente bien!", le ordenó.
Puesto que estaba por completo en poder de ellas, obedeció y la hizo disfrutar de la sensación de su lengua caliente provocándole escalofríos de puro placer.
Gimió mientras empezaba a balancearse de atrás adelante, manteniéndole sujeto por el pelo.
Silvia participo con entusiasmo y se colocó directamente encima de su pito.
Restregó sus húmedos labios contra su rígido palo y disfrutó de la sensación del cepillado, sin dejarle que entrara todavía.
Se estaba poniendo cada vez más caliente y ya no podía contenerse más, quería tenerlo dentro ya.
Con un movimiento ágil se metió el poste en su coño húmedo y rapado.
Empezó a follárselo suavemente.
Arriba y abajo iba, a su propio ritmo.
A medida que se iba poniendo más caliente aumentó el ritmo.
No solo se movía arriba y abajo,sino también movía la pelvis atrás y adelante, a la vez que usaba un dedo para estimular aún más su clítoris.
Diana se movía también cada vez más rápidamente, y el indefenso Paulo tenía que esforzarse a más no poder para lamer los muchos jugos que producía.
Se movía atrás y adelante sobre su lengua, y cada vez que le parecía que él estaba haciendo algo de forma incorrecta le tiraba del pelo y le apretaba cada vez más sólidamente contra su coño palpitante.
Seguía moviendo aún más rápidamente y sintió que estaba a punto de alcanzar el clímax.
Silvia seguía jodiéndose arriba y abajo la polla tiesa de Paulo, cada vez más deprisa.
Los jugos de su raja, junto con su fluido seminal procuraban que su coño hiciera ruido de chapoteo con cada uno de sus movimientos.
Sintió que casi estaba a punto de correrse.
Cerró los ojos por el intenso placer, mientras se recostó.
No reduzo la velocidad y su coño siguió ordeñando su polla tiesa sin interrupción.
Sus manos habían encontrado sus propios pezones erectos, y tiró de ellos con suavidad.
Entonces sintió que su coño se tensaba y luego se relajaba de nuevo, etcétera.
Se corrió a sacuditas, y soltó un alarido prolongado.
Tanta estimulación también fue demasiado por Paulo y soltó un chorro tras otro de la substancia hasta muy profundo en su chocho.
Jadeadando le desmontó.
Diana todavía no se había corrido, pero no tardaría mucho tampoco.
Seguía acelerando y restregando su raja cada vez más intenso sobre la húmeda cara de Paulo.
Él metió a fondo la lengua en su vagina y la movió de arriba abajo con rapidez.
De repente llegó el momento.
Ella le tiró del pelo fuertamente una vez más, de modo que su lengua profundizara todo lo posible en su coño, y luego se agitó con violencia contra él.
"Aaaarg", soltó, mientras toda su pelvis se agitaba contra su rostro.
Acababa de correrse, pero ya quería pasar a la parte siguiente.
"Ahora quiero tu gruesa y dura polla en mi coñito.", dijo en calentura.
Pero la polla de Paulo se había relajado después del orgasmo y había vuelto a su tamaño normal.
Silvia y Diana juntos empezaron a ocuparse de su instrumento.
Primero Silvia le acarició los huevos, mientras empezaba a mimar y chupárselos.
Entretanto Diana le acariciaba la polla embromándole con sus uñas, y tirando de ella hacia atrás y hacia delante.
Diana se metió lo más profundo posible su polla en la boca, y movió la cabeza arriba y abajo, mientras Silvia le acariciaba y chupaba los huevos.
Silvia tomó el relevo y le lamió y chupó tan bien como su madre.
Pronto su pito estuvo de nuevo completamente tieso.
Diana estimó que debía tener al menos 16 cm de largo y 8 cm a lo ancho.
Lo tomó en su mano satisfecha.
"Tu polla está ahora lista para mi raja.", dijo.
Se sentó encima delante de él dándole la espalda.
Suavemente fue bajando pero todavía no se la puso en la vagina.
En su lugar se sentó con las piernas alrededor de su miembro, de manera que su glande acariciara los labios de su coño.
De esta forma le abrazaba la polla, y la acariciaba atrás y adelante contra su vagina.
Siguió así durante un rato, chanceándole y masturbándose al mismo tiempo.
Silvia se puso delante de manera que él pudiera examinarla también.
Nadie podría haber imaginado que esta cara joven e inocente fuera capaz de hacer tantas cosas.
Se humedeció el dedo y se acarició los pechos.
Se los moldeó y trazó pequeños círculos alrededor de sus tiesos pezones.
Luego se metió el dedo en su raja, y se colocó directamente encima de su cara.
Le mostró el coño de todas partes.
Apartó suavemente los labios del coño.
La sensación del poder que tenía sobre él era nueva para ella, y actuaba como una potente droga.
Nunca antes se había sentido tan bien.
Ahora que él había podido ver lo que recibiría se sentó encima de su cara.
"¡Cómeme el coño!", le ladró.
Obedeció pero ella le agarró del cabello.
"No lo estás haciendo bien. Quiero que primero me lamas los labios del coño,pero no demasiado fuertamente."
Tirándole del pelo le guió hasta sus labios.
"Siiií, asiiiií," dijo satisfecha.
"Ahora lámeme el clítoris".
Esta vez no tuvo que hacer uso de su pelo.
"Ahora tienes que empujar a fondo la lengua en mi interior."
Obedeció y ella gozó de las profundas empujones que daba.
Luego le dejó hacer y alternativamente le lamía los labios y luego chupaba y lamía su clítoris.
Luego le metió cada vez más a fondo la lengua en el coño.
Ella también aumentó el ritmo, y se movía de un lado a otro sobre su cara.
Al mismo tiempo Diana le había agarrado la polla y se la había metido a fondo en la raja.
Se movía lentamente arriba y abajo sobre él, mientras le sentía en sus profundidades.
Iba cada vez más deprisa, y una de las veces dio un buen golpe con la pelvis, de modo que aún más modelara su polla.
De vez en cuando ella empujaba hacia adelante, de manera que él pudiera llegar más hondo dentro de ella.
"Ooooh siiií", gritó, disfrutando de su víctima.
Sus caderas se movían arriba y abajo, cada vez más deprisa.
Sintió que se acercaba otro clímax.
Su caja hacía ahora ruidos de chapoteo por los muchos jugos de deleite que producía.
Mientras tanto Silvia se follaba su lengua con vehemencia.
Gemía porque sintía que no pasaría mucho tiempo antes de que alcanzara el segundo clímax.
Paulo la lamía y chupaba y utilizaba la lengua para penetrar a fondo en su lugar del placer, y ella se balanceaba cada vez más aprisa.
Luego se corrió por segunda vez.
Nunca había sentido tanto goce y su orgasmo fue tan intenso que le soltó un gran chorro en la cara.
Gritó de agrado.
Mientras Diana también se acercaba a su segundo orgasmo.
Se lo estaba moviendo de un lado a otro cada vez más rápido, su coño ordeñaba sin descansio su palo duro.
Y llegó el momento.
Su pelvis se movió con espasmos mientras se corría con fuerza.
Siguió cabalgándole hasta el último momento pero él no se corrió, aunque estaba muy cerca.
Ella sintió que su cuerpo se estremecía de alegría.
Después de correrse se quedó en pie junto a él.
Ahora las dos mujeres se turnaron en hacerle una paja a su tiesa polla.
Mientras le ordeñaban le miraban con mirada pretendidamente inocente.
De repente llegó el momento y su líquido blanco salió a chorro en gruesos grumos de su glande rojo sangre.
Gimió.
"Bueno, ya casi hemos terminado.", dijo Diana satisfecha.
Silvia retrocedió un paso y se sentó sobre su pelón durante un momento.
Diana les sacó un par de fotos.
"Solo las quiero en caso de que pensaras tomar alguna acción en contra nuestra.", dijo Silvia.
"Sí, en ese caso tu novia recibirá estas fotos.", dijo Diana severamente.
"No querrás que eso ocurra ¿verdad?", dijo Silvia.
"No se puede ver en estas fotos que estuvieras atado.", dijo Diana.
"Así que ella pensará que le has puesto los cuernos.", siguió.
Entretanto Silvia había registrado su cartera.
"Ah, aquí está ella.", dijo mientras agitaba la foto de la bella Anita delante de sus ojos.
"Y este es su teléfono," dijo triunfante.
"Tendría mucho cuidado de asegurarme de que esto quede entre nosotros", amenazó Diana.
Silvia aflojó las cuerdas un poco.
"Con un poco de esfuerzo te libertarás en un cuarto de hora," dijo Silvia.
"Hasta la proxima vez, eh.", continuó.
"Oh, y una cosa más: follas muy bien.", concluyó Diana.
"Adiós," dijeron las dos.
Y se marcharon.
Pasó al menos media hora antes de que Paulo estuviera libre.
Luego se puso la ropa y empezó a buscar alguien que le llevara.
Pensó para sí mismo que sería mejor no decir ni una palabra al respecto a
nadie.
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