Note: This story was dynamically reformatted for online reading convenience. Story_codes: snuff, torture, solo Emma mostraba su mejor sonrisa al ayudante del forense. Un tipo joven, bien parecido. Resultaba extraño que hubiese elegido una disciplina cómo esa. La inspectora tan solo pensó en ello un par de veces. Después dirigió su concentración a convencerle para cooperar un poco. No fue dif'cil. Un par de sonrisas, una extensa conversación sobre las miserias que ambos padec'an como ayudantes, unas cosas que llevaban a las otras... Al final casi parec'an amigos de toda la vida. Era otra de las habilidades de Emma, le costaba poco llevarse bien con los demás independientemente de su sexo. A pesar de todo se vio obligada a leer los expedientes all' mismo. Su padre siempre le hab'a dicho que si quer'a ganar algún contacto, lo más importante era no dejarse percibir como un problema. Pedir una ojeada como favor personal era sencillo. Llevárselos fuera, incluso sacar una copia, pod'a meter en un l'o a su nuevo "amigo". Aún as', el vistazo furtivo le vino muy bien, o al menos eso pensó Emma. El forense hab'a hecho un trabajo mucho más meticuloso que el comisario O'Brian. Sin importar las suposiciones de los detectives, siempre segu'a el mismo procedimiento con sus "pacientes". Evidentemente lo primero hab'a sido tomar muestras de ADN, trabajo fácil dado el asalto que hab'an sufrido las tres muchachas. El informe de O'Brian dec'a que las muestras de semen no coincid'an con las de ningún sospechoso habitual, ni con las de ningún caso previo. El forense contaba una historia completamente distinta. El mismo ADN hab'a sido encontrado en al menos una veintena de cr'menes violentos. Todos asesinatos con agresión sexual. La mayor'a los hab'a investigado el propio comisario. Los pocos que no hab'an sido casos del detective Lester, un veterano que con los años se hab'a convertido en la mano derecha de O'Brian. Emma utilizó uno de los ordenadores del instituto forense para revisar los archivos policiales de esos casos. Todos hab'an sido resueltos con la misma desidia. Ni una sola detención. Emma supo de inmediato que hab'a dado con algo grande, muy grande. A pesar de la hora, casi las cuatro de la madrugada, no ten'a sueño, y dedujo que Rebecca también estar'a fresca como una rosa. La llamó inmediatamente. Se equivocaba. Su amiga ten'a la voz de alguien que se mantiene despierto a duras penas. Tras pedir disculpas varias veces, le habló de sus descubrimientos. -Ya sé que dije que no me meter'a más en esto, ¡pero hemos dado con algo grande! Ignoraba los motivos por los que Rebecca se mostraba menos entusiasta. Incluso estaba preocupada. -¿Asuntos internos?, no, este caso es nuestro. Al otro lado del teléfono, Rebecca debió comprender finalmente los motivos de euforia para Emma. Tal vez eso la llevó a capitular un poco. Claro que Emma también cedió en cierta medida. Cayó en la cuenta de estar apunto de ir a por todo un comisario. Deb'an proceder con cautela, reunir más pruebas. Además, todos estaban en el mismo equipo. No deb'a importar quien realizase la detención. -De acuerdo. Te veo en tu casa y te cuento todo, ¿vale? Colgó con una sonrisa de oreja a oreja tras haber llegado a un acuerdo. Estaba tan contenta que, al cruzarse con el ayudante del forense, le besó enérgicamente en la mejilla. Lauryn segu'a escondida en el armario. No sab'a si Lacroix hab'a tomado pastillas para aguantar durante horas, pero se le empezaba a hacer eterno. Hab'a acabado sentándose en el suelo. Ya solo luchaba contra la incomodidad y el aburrimiento. Escuchó el timbre de un teléfono móvil. No era el suyo, lo hab'a puesto en silencio casi desde el primer momento. Asomó un poco por la rendija para ver a aquel hombre coger el teléfono y saludar a su hija Brenda. El rosto de Lacroix reflejaba sorpresa, no esperaba una llamada a esas horas. Brenda hab'a pasado una tarde poco ociosa. Tras encontrar esos curiosos huecos en la agenda se decidió a revisar los gastos de la campaña. Lo que encontró habr'a pasado desapercibido para la mayor'a, pero Brenda no hab'a sido la primera de su clase en balde. Desde prácticamente el principio, las cuentas mostraban pequeños gastos sin justificar. Gastos varios, dec'an los libros. Poca cosa. Cien aqu', doscientos allá, cincuenta más... todo muy sutil. Sin embargo cada mes sumaban exactamente treinta de los grandes. Mirando las cuentas anteriores de bufete de abogados de su padre, encontró los mismos gastos antes incluso de la campaña. Solo se le ocurrió una respuesta, chantaje. No acertaba a encontrar algún motivo por el que pudiesen chantajear a su padre. Era viudo, as' que encontrar una amante no habr'a sido perjudicial, al menos no antes de entrar en campaña. Claro que también sab'a de la dureza que empleaba contra diversos grupos del crimen organizado. Pod'an haberle tendido alguna trampa. Si era eso, si esos bastardos hab'an matado a su hermana, los llevar'a ante la justicia. Aunque era tarde, llamó a su padre para preguntar. La conversación fue breve. Le hablo de sus indagaciones, de los huecos en la agenda y de los "gastos varios". Brenda no esperaba que la voz de su padre se volviese tan grave al responderle. Deb'a haber dado con un tema serio, por eso no se sorprendió cuando le dijo que mejor deb'an hablarlo a la mañana siguiente. Cuando colgó decidió enviar un mensaje a la periodista. No conoc'a a Lauryn desde hac'a más de veinticuatro horas, pero cre'a que era de fiar. Lauryn llegó a escuchar a Lacroix quedando con alguien. No fue hasta el final de la llamada cuando oyó el nombre de Brenda. Aunque era tarde se trataba de su hija, as' que no le dio demasiada importancia. Unos segundos después recibió el mensaje de Brenda hablándole de gastos sospechosos, y le avisaba de su intención de hablarlo cara a cara con el propio Lacroix. Lauryn envió inmediatamente un mensaje para intentar hacer cambiar de opinión a Brenda. No deb'a meterse en algo as'. Ni siquiera recibió confirmación de lectura. La mayor de las hermanas Lacroix deb'a haberse ido a dormir. Lauryn no podr'a llamarla mientras Albert siguiese all'. A pesar de la hora, Rebecca envió un correo electrónico a la oficina de asuntos internos. No ten'a amigos all', pero hab'a o'do hablar de un agente con fama de incorruptible, Christopher Valley. Envió cuanto ten'a. Copias de noticias de los cr'menes que Emma también hab'a encontrado por su cuenta. También mencionó que el instituto forense podr'a aportar más pruebas, aunque no rebeló cómo conoc'a ese último punto. Después se apresuró a recoger todo y partir a casa. Emma llegar'a un poco antes. La muchacha se hab'a mostrado muy competente, pero tendr'a que explicarle lo importante que resultaba la cautela en situaciones como esta. Emma caminaba todav'a eufórica hacia su coche. Le sorprendió un poco ver un coche negro aparcado aún. Recordaba vagamente haberlo visto llegar tras ella, pero dentro no hab'a visto a nadie. Era raro, aunque en el instituto hab'a sitio suficiente para albergar a varios detectives sin que se cruzasen. De todos modos aquello era raro. Sin saber muy bien por qué, aceleró el paso para llegar antes a su viejo coche. No se fijó que las cámaras estaban rotas. En otros lugares eso habr'a provocado la alarma general, pero en el instituto forense no le daban tanta importancia, al menos no en el parking. Era un sitio húmedo donde tendr'an a cortocircuitarse, eso cuando no sufr'an alguna gamberrada. El procedimiento habitual era mandar a repararlas el d'a siguiente. Tal vez de haberse dado cuenta habr'a sido más cauta. Aún as' memorizó la matr'cula del otro coche, por si acaso. Abrió la puerta y tomó asiento para cerrar rápidamente. Se sintió más tranquila de inmediato. -Tonta, mira que asustarte de un parking oscuro. Negó con la cabeza mientras se rió de si misma. Iba a introducir las llaves en el contacto cuando se fijó en el salpicadero. Hab'a tres objetos extraños all'. Eran similares a cámaras de vigilancia, o más bien, a webcams. Un poco más grandes, con una especie de bater'a debajo. Estaban encendidas, orientadas hacia el asiento del conductor, el lugar donde se encontraba ella. Evidentemente no las hab'a colocado Emma. -¿Qué...? No llegó a terminar la frase. Ocupada cómo estaba mirando las cámaras, no vio al entrar que hab'a un hombre escondido en los asientos de atrás. No se fijó en la figura oscura levantándose silenciosa pero rápidamente mientras ella prestaba atención al salpicadero. No se dio cuenta de cómo agarraba una cuerda negra, una especie de hilo de pescar, con una mano en cada extremo. No fue capaz de evitarlo cuando el garrote descendió frente a su rostro para llegar al cuello. Emma se sorprendió. No supo reaccionar. Las llaves cayeron al suelo mientras llevaba ambas manos al cuello para intentar agarrar el cordel. No consiguió pasar los dedos entre el cuello y el hilo a pesar de arañarse con sus propias uñas en el intento. Pensó en arrancar el coche y hacerlo chocar contra la pared, pero ni siquiera sab'a donde hab'an ido a parar las llaves. El garrote imped'a que mirase hacia abajo y la falta de aire evitaba que gritase. Tampoco pensaba con claridad. Todo hab'a sido demasiado repentino. Se asustó, aunque intentó mantener la calma. Deb'a haber una forma de salir de all', aunque con el respaldo entre su agresor y ella, poco pod'a forcejear. -Voy a aflojar un poco para que hables, pero si gritas apretaré y no volveré a soltar. ¿Comprendido? Emma asintió antes de pensárselo siquiera. Habr'a hecho lo mismo aún con más tiempo para decidir. Notó la presión alrededor de su cuello reducirse. No era suficiente para meter los dedos bajo el cable, pero comenzó a entrar el preciado aire. -¿Quién...? El garrote volvió a apretar cortándole el aire por completo, sin dejarle acabar la frase. -No. Yo pregunto. Tu respondes. Si me gustan tus respuestas y prometes dejar de meter las narices en los asuntos de los demás, vivirás para recordar que debes mirar atrás antes de sentarte. ¿Comprendido? Emma asintió con más urgencia. Necesitaba respirar. La presión volvió a amainar un poco. Ella volvió a respirar, aunque guardó silencio. -Eso es. Como una niña buena. Emma se limitó a asentir de nuevo. Posó los ojos en la guantera. Si entreten'a a este tipo hasta conseguir distraerle, podr'a alcanzar la pistola. -Has olisqueado casos que no te convienen. ¿Por qué? - Quer'a un gran caso para.... De nuevo se quedó sin aire. Pataleó en el limitado espacio que ten'a. Llegó a alcanzar las manos de su agresor con las suyas propias. No ten'a fuerza para detenerle. -He dicho que me tienen que gustar tus respuestas. Ahora otra vez Emma no pod'a pensar. El garrote se hab'a hundido esta vez en la piel haciéndola sangrar, Ten'a miedo, pero no quer'a traicionar a Rebecca. Eso pensaba mientras no pod'a respirar, al menos al principio. Después comenzó a pensar que pod'a avisar a Rebecca a tiempo si la soltaban. O pod'a alcanzar la pistola. Mucha incertidumbre. Claro que en los últimos segundos de asfixia pensó simplemente en lo lista que era la detective. A ella no podr'an atraparla por sorpresa, ¿Verdad? -La detective Rebecca Johnes me lo pidió. - No dijo que era amiga de su padre. Quer'a sentirse mejor pensando que no les daba facilidades. - Y ya ha enviado todo a asuntos internos. El hombre sonrió. No necesitó disimular, su v'ctima no pod'a verle. Ya hab'a conseguido la información, ahora le quedaba el resto del encargo. -Muy bien. Era sencillo, ¿Verdad? Con lágrimas en los ojos, la pelirroja volvió a asentir. -Ahora ábrete la camisa y qu'tate el sujetador. Quiero verte las tetas. Después bájate los pantalones y las bragas por debajo de las rodillas. -¿Qué? El hombre de nuevo empezó a apretar. Esta vez acompañó la presión de un par de tirones bruscos. No paró hasta que Emma comenzó a desabrochar torpemente los primeros botones de la camisa. Uno a uno fueron abriéndose, dejando ver la piel clara de Emma, salpicada de algunos lunares, junto a su sujetador negro de encaje. La lencer'a le costó un poco más, obligándola a arquear la espalda sin mover el cuello del sitio, para llegar al broche de atrás. Mereció la pena para el asaltante. Los pechos, más bien pequeños pero firmes, coronados con dos pequeños pezones rojizos, quedaron al aire, saludando a las cámaras. La joven se habr'a sonrojado, pero la estrangulación ya hab'a hecho que su rostro estuviese rojo casi por completo. -Eso es. Abre más la camisa. S', perfecto. Mira a las cámaras. Emma ya no protestaba. Solo segu'a instrucciones. -Ahora los pantalones. A ver si eres pelirroja de verdad. El llanto ya estaba arruinando el maquilla de la joven inspectora, pero no pod'a hacer nada a parte de avergonzarse. Lentamente, más por indecisión que por intentar agradar a su agresor, desabrochó el pantalón. Necesito volver a arquear la espalda en el asiento para bajarlos hasta rebasar las rodillas. Las braguitas, ajustadas, hac'an juego con el sujetador. A Emma le gustaba sentirse sexy en todo momento. Las fue quitando con cuidado para mostrar un pequeño triangulo de pelo corto y anaranjado. -Oh, me encantan las pelirrojas. - Se relamió los labios. - Ahora, sin dejar de mirar a la cámara, mastúrbate. Sin esperar respuesta o nuevas protestas, tiró fuertemente del garrote dos veces. Por si no estaba claro. Emma comenzó a moverse t'midamente. Llevó la zurda al pecho izquierdo, masajeándolo con calma. Apretando el pezón, suavemente, entre el pulgar y el 'ndice. Con la diestra se acarició primero los labios externos. Despacio, como siempre le hab'a gustado hacerlo, fue recorriendo el exterior de la vagina. La respiración se aceleró, en la medida de lo posible, mientras introdujo un dedo en su sexo. Jugueteó un poco hasta abandonar para dedicarle un poco de atención al cl'toris. Hab'a pensado en fingir. Simplemente meter un par de dedos y moverlos hasta simular un orgasmo. No se atrevió. No quer'a que aquel hombre tuviese motivos para dudar. Llevó la mano izquierda al antebrazo de su agresor, apretando con fuerza. Con la derecha mov'a los dedos cada vez más rápido. Empujaba la cadera hacia delante r'tmicamente. Aunque trataba de controlarse, agitaba cada vez más fuerte la cabeza de lado a lado. Gem'a con voz ronca, pero sexy. Era un auténtico espectáculo. La vagina estaba totalmente húmeda, lo cual facilitaba que se penetrase a s' misma más rápidamente. Era un auténtico espectáculo erótico. -Si... ahhh... ahhh.... ¡siiiii! El orgasmo tardó en llegar, pero fue muy intenso. La falta de aire la hab'a hecho sentirlo todo con más potencia de la normal. De haber podido, estar'a jadeando. No pod'a. De hecho, de pronto no pod'a respirar. -Muy bien, pequeña, muy bien. Es una pena que no pueda follarte. Emma dio un par de palmadas en las manos de su agresor, cómo si él no se diese cuenta de lo que estaba haciendo. -Ahora vas a morir. ¿Lo entiendes?, vas a morir, y voy a grabarlo. La joven, desesperada, negó con la cabeza. -Vamos a verte morir y vamos a cascárnosla con el v'deo. Ese será tu recuerdo. Empezó a sacudirse, a arquear la espalda. Los pantalones por las rodillas le imped'an patalear mucho, aunque intentaba levantar las piernas y sacarlas del sitio del conductor. -Llevaré tu cuerpecito a nuestro pequeño desguace. Te trocearemos y nuestros perros se comerán tus restos. Nunca van a encontrarte, pero cuando le haga lo mismo a tu amiguita Rebecca, le diré que tú nos llevaste hasta ella. Emma alargó la mano derecha mientras intentaba tirar del garrote con la izquierda. La guantera. El cable le causaba un dolor tremendo al rasgarle la piel. Los pulmones y el pecho le ard'an. Las palabras del asesino la asustaban todav'a más. No entend'a que alguien pudiese tratar a otra persona as'. Intentó sobreponerse. Necesitaba abrir la guantera. Estaba cerca cuando sufrió un tirón más, estampándose de nuevo contra el respaldo. La vista ya era borrosa. Abrió la boca permitiendo que la lengua fuese asomando entre sus sensuales labios, hoy pintados de rojo claro. Volvió a intentarlo. Ten'a que abrir la guantera. Se estiró cuanto pudo, hundiéndose más el garrote ella misma. Consiguió tocar el cierre de la guantera con la yema de los dedos. Un último estirón le bastó para abrirla. All' estaba la pistola. La cara comenzaba a ponerse morada mientras derramaba saliva descontroladamente por la boca, uniéndose al caudal de lágrimas. Puso un par de dedos sobre la empuñadura de la pistola. Tan solo necesitaba cinco cent'metros más para agarrarla. El pánico se apoderaba de ella rápidamente. Requer'a de un gran esfuerzo para recordar lo que estaba haciendo. Se estiró un poco más, casi lo justo para agarrar el arma y poder tirar de ella. Aún no hab'a llegado. Sucumbió al pánico y al dolor. No pudo soportar más la presión en el cuello. Llevó ambas manos a las manos de su agresor. Las golpeó sin fuerzas, arañó sus guantes. Trató de agarrar el hilo una vez más. Ten'a la espalda tan arqueada que parec'a ir a romperse en dos. La lengua ya estaba completamente fuera. Notó un l'quido caliente entre los muslos, manchando el asiento bajo ella. Las manos cayeron a ambos lados. Intentó levantarlas de nuevo. No ten'a fuerzas. El cuerpo hab'a quedado recostado sobre el respaldo. No se escurr'a porque el garrote manten'a el cuello en alto. El pataleo era esporádico, al igual que algunas convulsiones del torso. Por última vez trató de subir la mano derecha hacia el hilo. No lo consiguió. Cuando estaba a medio camino volvió a caer al costado. Ya solo ve'a sombras y siluetas, pero reconoció su propia imagen en el espejo retrovisor. Sintió pena por esa chica joven, pelirroja, que contemplaba. Parec'a asustada, desfigurada por el dolor. Medio desnuda para que quien quisiera mirar pudiera ver su hermoso cuerpo. Después dejó de ver, dejó de o'r, y al final, dejó de sentir dolor. El asesino dejó de apretar. Ten'a algo de prisa. Salió de la puerta de atrás, abrió la del conductor, y contempló su obra. De haber quedado algo de compasión en él, habr'a sentido algo de lástima. La chica habr'a tenido un futuro brillante. Para asegurarse posó su mano sobre la coronilla y agarró la mand'bula con la otra. Tiró con fuerza, rompiendo el cuello. La sacó del coche y la metió en el maletero. Miró hacia su propio coche. Otro tipo en el interior ten'a un ordenador portátil, abierto, en el salpicadero. Le hizo una señal de aprobación con el pulgar. Hab'a grabado todo. El asesino se sentó en el asiento del conductor. No le hac'a gracia sentarse en la orina de otra persona, pero le pagaban bastante bien para ignorar esas pequeñeces. Además, ten'a muchas cosas por hacer esa noche. La operación estaba en riesgo de ser descubierta. Solo esperaba que la tal Rebecca fuese tan deliciosa como Emma. -Emma... Volvió a relamerse los labios. Definitivamente iba a disfrutar re visionando el v'deo. Si tan solo hubiese podido follársela...