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%%%%% Historial %%%%%
% 2002-04-03 Publicado en StoriesOnline (escrito un par de meses antes, no
recuerdo exactamente).
% 2017-05-30 Correcciones de estilo para publicar en ASSTR.
\begin{document}
\title{Primos}
\author{Tod Natürlich}
\date{}
\maketitle
\begin{abstract}
Consideras las visitas semanales a casa de tus abuelos aburridas. Hasta
que tus primas te muestran que hay cosas en qué ocuparse.
\end{abstract}
\section{En casa de los abuelos}
Mirabas la televisión aburrido, no era que el programa no te interesara, sino
que podrías estar viendo cosas mucho más interesantes de estar en tu casa, ante
tu computadora. No hacía mucho que habías descubierto una excelente página
gratuita pornográfica y querías bajar todas las imágenes antes que sus dueños
lo notaran. Miraste alrededor, estabas sentado en una silla reclinable junto a
la cama en el cuarto de tu abuela, donde habías pasado la mayor parte de los
domingos de tu vida, ya que el viaje semanal a casa de tus abuelos era casi
manda.
En la cama estaban acostados tus dos primos mayores, Luis Ricardo, un año mayor
que tú, y Cesar, de catorce años, junto a tu abuelo. Y sentada en el suelo
estaba la hermanita de Cesar, Ana, a quien no le importaba que no le dejaran la
cama. Recordabas que cuando tenías la edad de Cesar te encantaba ir los
domingos pues, siendo hijo único, era de las pocas oportunidades que tenías de
jugar con tus primos y tíos. Pero ahora nada te encantaría más que estar de
vuelta en casa.
Miraste distraído la televisión, estaba una película de Stallone, con la copia
del guión de todas las películas: algo pasaba y el héroe tenía que pelear con
medio mundo para salvar ya fuera a su familia, al país o al mundo, dependiendo
del grado de credulidad que se quisiera. No era una gran obra de arte, pero te
agradaba, así que intentaste concentrarte en la película.
Pasó una de las grandes escenas de lucha, donde Stallone mató a quince
terroristas usando sólo un cuchillo de mantequilla mientras las balas volaban a
su alrededor haciendo estallar vidrios, mesas y otros terroristas. Entonces
pusieron comercial. También eso extrañabas en tu casa, el cable, ahí al menos
los comerciales duraban menos, pero en la televisión abierta parecía que eran
más comerciales que programa.
Entonces sentiste un golpe en tu pierna, y viste que Ana te había pateado sin
querer mientras veía la tele tendida bocabajo y con las piernas en alto. Mas
antes que pudieras reclamarle notaste que en aquella posición la falda que
llevaba había caído sobre su trasero y podías adivinar el principio de sus
bragas. Miraste a tus primos y abuelo en la cama, algo preocupado, sin embargo
tu abuelo ya estaba dormido y tus primos veían los comerciales sin percatarse
del espectáculo a los pies de la cama.
Casi sin pensar moviste un pie y apartaste una de las piernas de Ana, dejando a
la vista mucho más de sus bragas.
---Me estás pateando ---le reclamaste cuando volteó a verte, y sin decir nada
continuó viendo la película. En realidad ahora no podías concentrarte mucho en
la película, pues con los movimientos de las piernecitas de tu primita ya
podías ver el estampado de sus calzones, y un poco del trasero que cubrían.
Una vez más moviste tu pie para empujar su otra pierna a un lado, y ésta vez tu
primita no volteó a verte, sino que simplemente se puso a dar patadas hacia
atrás, tratando de golpearte, mientras tu levantabas las piernas para evitarlo.
Era un juego divertido para ambos, aunque probablemente por razones muy
distintas, con tanto movimiento ya su falta se había deslizado completamente
sobre su espalda dejando al aire su trasero cubierto por la delgada tela del
calzón con estampados de flores, se veía suave y aterciopelado, y sólo te
podías imaginar cómo se vería lo que estaba debajo.
Pero la visión de su trasero y la delgada línea de las nalguitas de tu primita
te distrajeron demasiado, y un pie con un duro zapato impactó contra tu
espinilla. Diste un grito y te agachaste en la silla a sobarte la espinilla.
Ana, al oírte gritar dejó de patear y se dio la vuelta en el suelo para verte.
En aquel momento viste claramente el frente de sus bragas, y debajo de éstas
casi podías adivinar la diminuta línea que sería la pequeña vulva de tu primita.
Sin embargo Ana notó el estado de su vestido y lo arregló con un simple
movimiento de las manos antes mientras te preguntaba si estabas bien.
Con todo aquel movimiento tu abuelo había despertado y ahora había lugar en la
cama para Ana, por lo que cualquier fantasía que hubiera pasado por tu mente se
detuvo ahí. Aún así no pudiste concentrarte en la película.
De regreso en tu casa te pusiste a pensar en lo que habías visto y hecho.
Sabías que estaba mal, pero por otro lado no habías hecho realmente nada, y sin
duda estabas excitado. No te importaba que fuera sólo una niña de nueve años,
era lo más cercano que habías estado de ver una vulva verdadera fuera del
Internet. Finalmente decidiste que no había que pensar más en ello, no era
probable que las cosas se repitieran, ya que Ana casi siempre usaba pantalón,
raramente falda, y no estarían de nuevo en una situación como aquella. Aún así
dormiste toda la semana soñando con el estampado de flores de las braguitas de
tu prima.
\section{Bailando con Ana}
El próximo domingo, antes de llegar con tus abuelos, repasaste mentalmente que
nada ocurriría. Ana usaría pantalones y no tendrías oportunidad de ver nada más
que lo que ya habías visto infinitas veces. Te dijiste que tratarías de
divertirte y pasarla bien, pero interiormente deseabas que las cosas fueran
diferentes.
E increíblemente parecía que alguien había oído tus deseos. Pues al llegar Ana
corrió a saludarte (eras, después de todo, uno de sus primos favoritos) y al
abrazarla no lograste suprimir una sonrisa de esperanza al ver que usaba falda
de nuevo. Una larga falda roja con moños azules.
---¿Te gusta? ---te preguntó mostrándola y dando una pirueta---, me la acaba de
comprar mi mamá.
---Es muy bonita, casi tanto como tú ---le contestaste.
Ana soltó la falda y comenzó a mecerse, sin saber qué contestar, un instante
después corría a saludar y presumir su vestido a tus papás, completamente
olvidando lo que habías dicho.
Saludaste entonces al resto de los presentes: tus abuelos, los papás de Cesar y
Ana, Luis Ricardo y su mamá. De pronto te pareció que eran muy pocas personas
para una casa tan grande, y es que cuando tú eras niño había muchas otras
personas: tres tíos que ahora vivían lejos y no podían asistir. La casa de
pronto te pareció enorme y desierta.
Era un ceserón, diseñado para albergar familias con diez hijos y muchos
familiares, con seis cuartos además de una inmensa sala, cocina, comedor y dos
patios. Actualmente cuatro de los cuartos no se usaban, y los domingos casi
todos se la pasaban platicando en la cocina o viendo televisión en el cuarto de
tus abuelos. Todos éstos pensamientos pasaron por tu mente, pero no sin un
motivo, pues tu imaginación ya te había colocado en uno de los cuartos vacíos
acompañado de tu pequeña prima.
Sacudiste la cabeza y te sentaste a platicar con tus tíos, pues tanto Luis
Ricardo como Cesar habían salido con unos amigos a jugar fútbol, algo que a ti
no te entusiasmaba mucho. Trataste de seguir la aburrida plática por media
hora, hasta que te levantaste y decidiste ir al cuarto de tus abuelos a ver
televisión. Sin embargo algo te detuvo a medio camino, notaste que una de las
puertas de los cuartos estaba abierta. Con curiosidad abriste la puerta y te
encontraste dentro a Ana, sentada en el piso peinando una muñeca antigua,
probablemente propiedad de tu bisabuela.
Ana rápidamente escondió la muñeca y puso cara de culpa, tú sonreíste y
entraste. Cerrando discretamente la puerta tras de ti.
---¿Qué haces Ana? -le preguntaste dulcemente.
---Nada ---contestó ella aún tratando de esconder la muñeca a sus espaldas.
---Creo que mi abuelita te había dicho que no debías jugar con esas muñecas,
¿qué crees que te diría si te viera? ---le preguntaste imitando la cara de
regaño de tu abuelita, lo que la hizo reírse---, ¿Por qué no dejas la muñeca y
jugamos a algo más? ---volviste a preguntarle.
Ana accedió al instante. Se levantó y puso la muñeca junto al resto de la
colección.
---¿A qué jugamos? ---te preguntó.
---No sé ---le contestaste---, ¿a qué te gustaría jugar? ---Bien sabías a lo
que te hubiera gustado jugar, pero no te atrevías a decirlo.
---¿Bailarías conmigo? ---dijo al fin Ana.
---¿Cómo? ---Le preguntaste asombrado.
---Como en las caris, las princesas usan vestidos y siempre bailan con el
príncipe ---Te contestó medio apenada.
Le sonreíste y le tendiste la mano, poniendo tu expresión más principesca
posible. Ana se rió y tomó tu mano, mientras comenzaba a tararear el vals de la
Bella y la Bestia. No eras muy buen bailarín, pero te defendías contra una niña
de nueve años. Lo complicado era que Ana era tan pequeña que tenías que
doblarte sobre ella y no era nada cómodo. Finalmente decidiste arrodillarte y
así quedar a su altura, era más difícil moverse, pero las manos quedaban donde
debían quedar.
Se movieron un par de vueltas por la habitación, y pronto sentiste que tu mano
sobre la espalda de Ana comenzaba a descender, y no hiciste nada para
detenerla. Llegó hasta la parte baja de la espalda de tu primita y ella tampoco
dijo nada, así que seguiste bajando. No podías creer que tenías la mano ya
completamente sobre su trasero y tu primita siguiera bailando como si nada, tú
realmente ya estabas algo excitado, y en un impulso le apretaste ligeramente el
trasero.
Ana saltó y se alejó de ti, riéndose, para tu alivio.
---No me hagas así ---Te reclamó.
---¿Cómo? ---le preguntaste en tono juguetón, aunque dentro estabas bastante
preocupado.
---¡Que no me hagas cosquillas! ---te reclamó.
Y en un aire de inspiración la levantaste del suelo y la pusiste en la cama,
atacándola con cosquillas por todas partes. Comenzaste en las costillas y
seguiste hacia su estómago mientras Ana se retorcía de risa y daba manazos y
patadas tratando de detenerte. Entonces pasaste a sus piernas y comenzaste a
subir.
Ana seguía muerta de risa y parecía disfrutar mucho el juego de las cosquillas,
por lo que te atreviste a meterla mano bajo su falta y con una mano
cosquillearle los tersos muslos mientras con la otra mano continuabas
haciéndole cosquillas en las costillas. Pronto tu mano en sus mulsos subió
hasta tocar el comienzo de sus calzones de encaje. Recorriste el encaje hacia
su pierna y de regreso, luego recorriste el límite superior, pasando por su
ombligo hasta el otro lado. Ante esto Ana reanudó sus risas, el estómago era de
sus partes más cosquillosas.
Ya apenas pensabas en las cosquillas, deseabas levantar la falda y mirar lo que
tu mano estaba tocando, en ese momento había tomado la parte superior de sus
calzoncitos con dos dedos mientras los demás seguían haciéndole cosquillas y
estabas a punto de introducir tu mano en sus braguitas cuando un espasmo de la
pierna de Ana dio con tu codo. Retiraste la mano sobándote el codo y moviendo
la mano, te había dado justo en el nervio. Ana aprovechó para respirar mientras
te recuperabas y entonces se lanzó sobre ti, tratando de hacerte cosquillas.
Mas también entonces se abrió la puerta y entró Cesar, sudado y jadeando.
---¡Oye! ---te dijo ---Ven a jugar al patio, necesitamos otro jugador. ¡Por
favor!-
Antes que pudieras pensar ya habías accedido, probablemente alguna parte de tu
mente que aún funcionaba lo había dicho por ti, así que dejaste a Ana y
seguiste a Cesar.
Pasaste el resto de la tarde jugando con Cesar, Luis y sus amigos. No te
gustaba mucho el fútbol, pero una vez que comenzabas lo disfrutabas, y te
sirvió además para olvidarte de tu prima por un rato y perder la erección que
habías ganado mientras le hacías cosquillas. Habías leído mucho acerca de los
problemas que tenían los jóvenes para esconder sus erecciones, pero al menos
ese problema no era tuyo, no tenías un pene demasiado grande, por lo que
incluso erecto podía disimularse (algo dolorosamente) dentro del pantalón.
No fue hasta que ya había caído el Sol, cuando los amigos de Luis se retiraron,
que volvieron a la casa. Tus papás, tíos y abuelos seguían platicando. Y tu
abuela los mandó a todos a bañarse, bueno, sólo a Cesar y a Luis, ya que tú no
tenías ropa ahí, así que tendrías que esperar hasta regresar a tu casa.
Entonces notaste que Ana no estaba con ellos.
Fuiste al cuarto donde la habías dejado y precisamente ahí la encontraste. Se
había quedado dormida en la cama con dos de las muñecas a su lado. Con cuidado
tomaste las muñecas y las pusiste en su lugar, no querías que regañaran a tu
prima, y luego la contemplaste plácidamente dormida.
Mas de nuevo venían imágenes que sabías indebidas a tu mente, y el recuerdo de
aquello que había pasado hacía menos de un día te parecías de pronto como algo
casi olvidado. Con cuidado acercaste tu mano hasta su falda y la levantaste.
Ahí estaban, tal como tus dedos las recordaban, las braguitas blancas con
encaje de tu primita, cubrían desde debajo de su ombligo hasta los límites de
lo que suponías era su diminuta rajita.
Dejaste delicadamente la falda sobre su estómago y, sin dejar de mirarla por si
despertaba, te inclinaste para ver de cerca ese punto que tanta curiosidad te
había causado desde hacía ya una semana. Tocaste delicadamente los lindes del
calzoncito, casi sin atreverte a presionar, pero poco a poco tu dedo recorrió
todo el perímetro, desde una piernita hasta la otra y todo su estómago. De
pronto te parecía que tu primita era tan pequeña como una de las muñecas con
las que había estado jugando.
Lentamente comenzaste a acariciar con un dedo sobre sus bragas, dirigiéndote al
centro, a su entrepierna, a aquel lugar donde sabía debía estar la diminuta
línea que representaba su vulva, la entrada a su vaginita. Tu dedo se movía
lentamente en su entrepierna sobre el calzoncito cuando sentiste un ligero
pliegue debajo, justo en el centro y yendo hacia abajo.
No podías creerlo, estabas tocando su rajita, sobre su calzón, pero era lo más
cerca que jamás habías estado a una vulva verdadera. Comenzaste a mover tu dedo
de arriba abajo siguiendo la línea, desde donde comenzaba hasta que se perdía
entre las piernas poco abiertas de tu primita dormida. La frotaste de arriba
abajo una y otra vez, maravillado. Poco a poco la tela del calzoncito comenzaba
a introducirse en la diminuta línea que recorrías, e incluso te pareció notar
que la tela comenzaba a humedecerse. Acercaste el rostro y aspiraste. Era un
olor como nunca habías saboreado, dulce y amargo a la vez. Potente y atrayente.
Te atreviste a presionar con más fuerza tu dedo.
Y entonces Ana se movió. Te retiraste rápidamente, pero tu prima seguía
dormida. Viste desilusionado que se daba la vuelta en la cama, cerrando la
entrepierna y acurrucándose. Y entonces notaste que su mano izquierda iba a
ponerse entre sus piernas, justo donde la habías estado tocando. Fue entonces
que algo de raciocinio entró en ti, y saliste del cuarto tratando de mantener
la calma.
\section{La verdad revelada}
Bien, lo habías aceptado, no podías dejar de intentar hacer algo con tu
primita, sin importar cuánto te esforzaras, sabías que la hormona vencería a la
neurona, pero eso no dejaba de preocuparte. Primero que nada no estabas seguro
de qué se trataría ese "algo" que querías hacer con ella. ¿Era sólo verla,
tocarla, o algo más? Y también te preocupaba mucho lo que ocurriría si algún
adulto se enteraba de lo que hacías. Lo peor era que el segundo pensamiento
siempre se veía sojuzgado por el primero, y cualquier fantasías entre tú y tu
primita era superior a cualquier preocupación de las consecuencias.
Fue por eso que el siguiente fin de semana asististe a casa de tus abuelos
callado, casi resignado a aceptar lo que ocurriera y seguirle la corriente. No
negabas que deseabas que algo ocurriera y que aprovecharías cualquier
oportunidad, pero al menos habías decidido no presionar las cosas, no hacer
nada para que ocurrieran, sólo tomar partido cuando las circunstancias así lo
expresaran. Tal como habías hecho el anterior domingo.
Tu primer desencanto en cuanto entraste a la casa fue ver que Ana vestía
pantalón de mezclilla. El segundo desencanto, mucho más preocupante, fue que
cuando te vio en lugar de correr a abrazarte, bajó la vista y caminó hacia el
fondo de la casa, casi como si te escapara. Y todavía tuviste un tercer
desencanto, aunque comparado con los otros dos no era ya muy importante. La
casa estaba poblada de gente, había cuatro personas más de lo habitual. Uno de
tus tíos había venido de visita y había traído a toda la familia, entre ellos a
Álvaro y a Aura, los otros dos primos que no veías desde que se mudaran hacía
unos cuantos meses. Aura era unos seis meses menor que Ana, aunque físicamente
eran idénticas, y Álvaro, aunque mayor que Cesar, no aparentaba tener ni doce
años. Ambos te caían muy bien, sobre todo Álvaro, ya que también le gustaban
las computadoras y no demasiado el deporte.
Con tanta gente diste por olvidada cualquier acción que pudieras tomar con tu
primita, y afortunadamente ya a media plática ella regresó y te saludó tan
amablemente como lo hiciera todos los días. Al menos ya no tenías ese peso
sobre tus hombros.
Resultó que tu tío estaba tratando de mudarse de nuevo a la ciudad, y por eso
habían venido, así que no se quedaron mucho tiempo, sólo habían pasado a
saludar y tuvieron que irse tras prometer que pronto vendrías ya todos los
domingos. También Luis se fue, al parecer tenía una cita con su novia, y Cesar
tenía un examen el lunes, así que estaba sentado estudiando. Y de pronto
sentiste que las cosas se habían acomodado mágicamente para que algo más
ocurriera. En realidad la forma en que todo se había puesto parecía sacada de
una mala novela erótica.
Encontraste a Ana en el cuarto de tus abuelos viendo tele. Al verte entrar
pareció sorprendida, hasta te pareció que se ruborizó un poco, finalmente te
sentaste en la cama y decidiste disipar tus duda.
---Ana, ¿pasa algo, soy yo o de repente me huyes cuando me ves? ---le dijiste
en el tono más calmado posible, uno que te pareció demasiado serio, hubieras
preferido decírselo en broma, pero ahora lo que importaba era su respuesta.
---Nada ---contestó de prisa, y esquivó tu mirada.
Antes que pudiera reaccionar estabas tras ella y comenzaste a hacerle
cosquillas en las axilas. Ana cayó en la cama y seguiste cosquillándola por
todos lados. Ahora que sabías que su pancita era un buen lugar aprovechaste
para matarla de risa cosquillándola sobre límite del pantalón. También
aprovechaste para pasar tu mano un par de veces por su traserito, e incluso por
sus muslos, pero nada más. Finalmente viste que Ana ya no podía más y la
dejaste en paz.
---Bueno ---contestó al fin---, te acuerdas el pasado domingo. Pues yo estaba
dormida y medio me desperté cuando guardaste las muñecas ---no te agradaba el
tono que esto tomaba, respiraste profundo y seguiste escuchando---, pues quise
darte un susto y me fingí dormida, y luego comenzaste a acariciarme y me gustó
y casi me dormí de nuevo. Y luego creo que desperté y sentí una comezón muy
rara en mi pancita, y entonces me di cuenta que se me veían los calzones, y me
volteé para que no me vieras--- te dijo al fin, completamente ruborizada.
Respirabas de nuevo, sin darte cuenta habías aguantado la respiración mientras
Ana contaba la historia, y ahora te sentías muy calmado, y también algo
excitado, tal vez muy excitado, pues te encontraste diciendo:
---¿Y qué fue esa comezón en tu pancita?
Ana se ruborizó todavía más.
---Pues que me tratabas de hacer cosquillas ---dijo evadiendo tu mirada.
---¿Te gustó? ---le dijiste sonriendo.
Ana te volteó a ver, y accedió con la cabeza.
---Pero no es bueno que veas debajo de mi falda. Mi mamá dijo que no debo dejar
que nadie mire ---te dijo en tono recriminatorio. Tú accediste con la cabeza,
sabía que debías prometerle no volver a hacerlo, pero no podías, sabías que
sería una promesa que no cumplirías. Dabas por concluida la conversación e
intentaste ver la tele, pero Ana siguió hablando---. Luego intenté hacerlo yo,
pero no sentí las cosquillas ---dijo---, ¿Me harías cosquillas de nuevo?
La miraste sorprendido. Ciertamente eso no lo esperabas, y no estabas seguro si
debías aceptarlo, pero sí sabías que no podías negarlo, al menos trataste de no
decir un sí muy directo.
---¿Y qué hay de lo que te dijo tu mamá?
---No le diré nada ---contestó al instante---. No le dije antes ---aclaró un
momento después, como para hacerse acreedora de tu confianza.
Habas centrado tu atención en la tele, y cuando regresaste a ella viste que
tenía ambas manos en su entrepierna.
---Creo que puedes hacerlo sola ---le dijiste sin pensar. Y al instante un
torbellino de pensamientos se agolparon en tu mente: culpa, deseo, estupidez,
ira. Todo al mismo tiempo.
---No es la misma comezón que cuando tú lo hiciste ---te contestó ruborizada.
Sus palabras te regresaron a la realidad. Ya no podías pelear más, aunque
realmente nunca habías intentado hacerlo. Extendiste la mano hacia la
entrepierna de Ana y ésta retiró sus manos. Colocaste la tuya sobre la dura
mezclilla e intentaste frotarla, no sentiste nada, y al parecer Ana tampoco
---. Con el pantalón no se puede ---e dijo, decepcionada---, pero no puedes ver
mis calzones, me dijo mi mamá, solo puedes tocarlos ---comentó aparte.
Sonreíste ante la forma en que aún trataba de respetar las órdenes de su mamá.
---No los veré ---le dijiste y le desabotonaste el pantalón, por la pequeña
abertura podías ver el encaje de sus braguitas, y comenzaste a meter la mano
para tocarla. Justo entonces la puerta chirrió y apenas sacaste tu mano se
asomó la mamá de Ana, diciendo que se alistara, que ya se iban---. Mejor
alístate ---le dijiste abotonándole los pantalones y dando gracias al cielo por
la distracción de tu tía, que no había notado el pantalón abierto de su hija.
---¿Vendrás el próximo domingo, verdad? ---te preguntó Ana antes de irse.
---Si, te aseguro que vendré ---le contestaste.
Cumpliste tu promesa, y cada vez tenías más deseos de ir y más sentimientos de
culpa por saber que no podías dejar de hacerlo, y lo pero era que casi no
habías hecho nada. Ana no había vuelto a llevar falda, tal vez no lo hacía
porque sabía lo que harían. Había sido fiel a su mamá y no te permitía verla.
Cuando llevaba pantalones te dejaba frotarle la entrepierna desde afuera
mientras se recostaba en la cama. Podías ver que le gustaba, pues se aceleraba
su respiración, pero nunca pasó de eso, y siempre había algún ruido fuera del
cuarto que los sobresaltaba.
Una vez llevó pantalón de mezclilla, y te permitió meter la mano por la
bragueta mientras prometieras que no la verías. No podías ver nada, pero
llegaste a sentir sus braguitas de nuevo, y sentiste la piel de su entrepierna.
Entonces en un impulso apartaste el calzón de tu camino y tocaste la vulva de
tu primita con la punta del dedo. Ana saltó en la cama y te hizo sacar la mano.
---No ---dijo, preocupada---, está sucio ---terminó. Viste que se acomodaba el
calzoncito por la abertura y luego te dejaba continuar. Aquel día Ana en verdad
llegó a respirar rápido, y por un momento pensaste que tendría un orgasmo, pero
de nuevo los interrumpieron.
Y cada fin de semana cuando regresabas a tu casa con una erección en los
pantalones y el olor de tu primita en tu mano pensabas en lo que hacías y
decidías no hacerlo de nuevo. Pero la resolución menguaba durante la semana, y
cuando llegaba el próximo domingo no ponías objeciones cuando Ana te preguntaba
si querías "jugar con ella".
\section{Aura y Ana}
Pasadas algunas semanas la emoción de lo que hacías fue menor y tu sentido
común comenzó a gritarte. Era muy excitante y todo, pero era un riesgo muy alto
si alguien los descubría. Además de que tu primita había sido muy firme al
poner los límites y era excepcionalmente estricta al respetarlos, muy estricta
para una niña de diez años recién cumplidos. Te permitía sobarla sobre el
pantalón, o que metieras tu mano bajo su falda o en la bragueta del pantalón.
Pero no te permitía que vieras sus calzones ni mucho menos su vulva. No te
detenía cuando la abrazabas o acariciabas sus piernas, o su cuerpo, y después
de un rato de frotarla te permitía que también le acariciaras el trasero, pero
eso era todo. Muchas veces habías intentado romper las reglas, levantando su
falda para verle los calzones, pero ella se bajaba la falda con las manos y te
veía molesta, regañándote con la mirada.
Con todos los hechos dando vuelta en tu cabeza habías decidido aquel domingo
que nada ocurriría, incluso tenías pensadas algunas frases para disuadir a tu
primita, pero lo mejor seria que no te separaras de tus otros primos. Y tal
pareció que la situación te ayudaba en tu propósito. Tu tío Luis había
asistido, junto con su esposa y habían traído a Álvaro y Aura. No te fue
difícil unirte a la conversación y Ana no te dijo nada al tener finalmente a su
prima para jugar.
Resultaba que Luis quería mudarse a la ciudad y ya tenía algunas casas en
mente, y deseaba que el resto de la familia las viera para ayudarlo a decidir.
Asombrosamente todos aceptaron con gusto, diciendo que hacía mucho que no
salían de aquella casa, y que podrían aprovechar para comer fuera. El único
problema eran los niños. Ricardo no podía cuidarlos porque su novia iba a venir
y luego iban a ir al cine, y estaban seguros que no les agradaría ir a visitar
casas. Antes que tuvieras tiempo de pensar tu abuela ya te los estaba
encargando, y pronto todos salieron hechos tropel diciendo que regresarían
hasta después.
Así que te quedaste solo a cargo de tus cuatro primitos, quienes habían seguido
sus juegos sin importarles que sus papás se fueran. "Esto es una prueba a mi
voluntad", pensaste al imaginarte lo que podrías hacer con Ana. Pero lograste
desechar la idea fácilmente al recordar que jugaba con Aura. Decidiste unirte
en cualquier juego que tuvieran tus primos.
Ya caminabas hacia el patio cuando Cesar y Álvaro pasaron corriendo junto a ti
mientras decían que iban a las maquinitas de la esquina. Salieron como una
exhalación y no pudiste decir nada. Pensaste en seguirlos, pero las niñas eran
tu responsabilidad y no podías dejarlas. Sin tener opción, y con tu fuerza de
voluntad desmoronándose a cada paso, fuiste al cuarto de tus abuelos, donde
jugaban tus primitas.
Y ahí estaban ellas, jugando sobre la cama con varias muñecas. No eran las
caras muñecas de tu bisabuela, sino unas barbies que Aura había traído, eran
tres barbies, un ken y un montón de ropa. Llegaste justo cuando estaban
cambiando a las muñecas, y sobre la cama estaban dos barbies completamente
desnudas, sentadas.
Ana y Aura rieron al verte e incluso Ana quiso ocultarlas juguetonamente de ti.
---Los hombres no pueden verlas desnudas ---dijo en broma.
---Pero no les ponen la pipí ---dijo Aura distraída mientras desvestía al
ken---, eso es lo que no puede ver.
Ana pareció afectada por el comentario de Aura, y viste que se movía y se
llevaba una mano a la entrepierna. Era un gesto que comenzaba a hacer al verte
antes de proponerte que "jugaran" juntos. Pero ésta vez Aura lo vio.
---¿A ti también te gusta tocarte ahí? ---preguntó dejando de lado al ken---, a
mi me gusta, pero mi mamá me vio una vez y me dijo que era sucio y que no lo
hiciera.
Ana se sonrojó y no dijo nada, pero el comentario de Aura había derribado
cualquier barrera que tuvieras.
---¿Entonces ya no te tocas? ---le preguntaste sin pensar.
Tanto Aura como Ana te miraron y las dos se pusieron algo rojas, pero Aura
recogió al ken y comenzó a vestirlo mientras te contestaba.
---Pues sí, a veces. Pero no le digas a mi mamá.
Te sentaste en la cama tras ella y la miraste. Pese a ser sólo seis meses menor
que Ana se veía bastante más pequeña. Al igual que su hermano no era muy
robusta, todo lo contrario de Ana y su hermano.
---No le diré ---le aseguraste mientras comenzabas a darle un masaje en la
espalda. Aura no contestó y siguió jugando con el ken.
Pero tú tenías otras ideas, y decidiste jugarte las cosas. Mientras tu primita
jugaba comenzaste a bajar tu masaje por su espalda, hacia su cadera y luego
diste un brinco a sus piernas, para seguir hacia arriba. Aura había dejado el
juego, y era claro que el masaje le gustaba. Ana te miraba medio roja y seguía
con una mano en la entrepierna, sobre su pantalón de mezclilla.
Subiste por las piernas del pants de Aura hasta que tus manos llegaron de
vuelta a su cadera, y entonces las moviste sobre su pancita, hacia su
entrepierna. Sentiste que Aura, que ahora se recostaba contra ti, daba un
respingo, pero no te detuvo. Con bastante aprensión moviste tu mano hasta que
ésta quedo sobre el pubis de tu primita, y con delicadeza deslizaste un dedo en
la V que formaban sus piernas, luego aplicaste más presión y comenzaste a mover
tu mano arriba y abajo. De pronto la manita de Aura se desplazó hasta posarse
sobre la tuya, pero no para detenerte, sino para guiarte un poco más abajo y
con más fuerza.
---Si quieres puedo hacerlo debajo del pants ---le dijiste. Una mirada a Ana te
demostró que ella ya se había abierto la bragueta y se frotaba a sí misma sobre
las braguitas. Aura no dijo nada ni abrió los ojos, pero asintió con la cabeza,
muy relajada por el masaje previo y disfrutando las sensaciones que ahora le
provocabas.
Con una mano levantaste su blusa hasta dejar a la vista su ombligo, luego
retiraste la mano de su entrepierna y la subiste hasta tocar su piel
directamente. Aura dio otro respingo y su respiración se aceleró un poco más.
Acariciando su pancita fuiste introduciendo tu mano bajo el pants mientras tu
primita daba saltitos. Sentías su piel tersa y cálida, y de pronto fuiste
consiente de tu erección. Afortunadamente te habías sentado en la cama con una
pierna sobre ésta, en la que se recostaba tu primita. De lo contrario tu verga
habría rozado la espalda de la niña.
Finalmente llegaste al linde de sus braguitas. No eran de encaje como las que
usara Ana, pero supiste que debías elegir, ir sobre ellas o seguir hasta su
rajita desnuda. La última opción te llamaba más, pero no estabas seguro cómo
reaccionaría tu primita. La miraste mientras seguías acariciando su pancita y
viste que Aura tenía ambas manos en su entrepierna y las apretaba y soltaba con
fuerza, eso te decidió.
Doblaste los dedos y sentiste que el elástico de las braguitas los rodeaba,
entonces empujaste y pudiste sentir que tu mano se deslizaba debajo de su
calzoncito. Aura templó un poco, pero no te detuvo. Estaba bastante sonrojada y
respiraba con inhalaciones rápidas y pequeñas. Sentías que tu mano se movía
entre la suave y cálida piel de tu primita y la suavidad de sus calzoncitos de
algodón. También sentías no muy abajo la presión que las manitas de tu primita
ejercían sobre su rajita.
No estabas seguro si era tu sudor o el de tu primita, pero sabías que tus dedos
estaban empapados. Empujaste un poco más y con un gemido tu primita te anunció
que habías llegado a los lindes de su vulvita. Abriste dos dedos y la
recorriste por fuera, mientras tu primita se estremecía en tu regazo y sus
manos se retiraban para dejar maniobrar las tuyas. Con tu mano libre comenzaste
a acariciar su rostro, brazos y cualquier otra parte que estuviera a tu
alcance. Veías cómo intentaba subir las caderas, para hacer que tus dedos
tuvieran contacto directo con su vaginita, en vez de evitarla.
Finalmente cerraste la mano sobre su rajita y recorriste sus labios de abajo
hacia arriba con dos dedos. Estaban calientes y suaves, muy húmedos, casi los
sentiste vibrar bajo tu toque, y tu primita emitió un gemido mientras la
tocabas. Sus ojos se abrieron y te dedicó una mirado mezcla de incertidumbre y
placer. Entonces llegaste a su clítoris, y con tu dedo medio lo frotaste
suavemente. Aura dio un gran respingo al tiempo que emitía un fuerte gemido y
cerraba de vuelta los ojos. Recorriste de vuelta con tu dedo medio el medio de
su rajita hasta abajo y subiste una vez más. Era diminuta, tan cálida y tan
húmeda. Deseabas sacar tu mano y olerla, deseabas aún más ver aquello que
estabas tocando, pero de momento te conformaste.
Tu primita gemía cada vez que expiraba y su cuerpo se movía en tu regazo al
ritmo de tu mano. De pronto sus manitas se prensaron sobre tu brazo y abrió los
ojos.
---Siento... siento algo raro en pancita ---te dijo en un hilo de voz,
interrumpido por las rápidas respiraciones y los gemidos involuntarios. Viste
que había miedo en sus ojos, o tal vez sólo aprensión---, creo que... que tengo
que ir... ir al baño ---logró decirte entre gemidos. Pero no hizo intento por
levantarse, ni por detener tu mano, en realidad movía su cuerpecito más rápido
cada vez.
---No te preocupes, sólo concéntrate en lo que sientes en tu pancita ---le
contestaste al comprender que estaba cerca de su orgasmo. Te agachaste sobre
ella y la besaste suavemente en la frente, mientras con tu mano libre
acariciabas su rostro.
Entonces reemprendiste las caricias a su rajita, aplicando más presión con tu
dedo medio cada vez, incluso sentiste por un momento como que la punta de tu
dedo se posaba a la entrada de su vagina, y comenzaste a moverlo más rápido. La
reacción de tu prima no se hizo esperar, dio otro gran gemido y sus manos
fueron hacia su entrepierna, donde apretó tu mano desde afuera para que
presionaras con más fuerza.
Lo hiciste y sentiste que tu dedo medio se hundía casi hasta la primer falange
dentro del cuerpecito de tu primita, entonces utilizaste tu pulgar para
masajear suavemente su diminuto clítoris, y tu prima dio una serie de grititos
de placer a la vez que todos los músculos de su cuerpo se tensaban y soltaban
al rito de su acelerada respiración. Después de los grititos siguió respirado
rápido, pero su cuerpo pareció derretirse entre tus piernas. Sus manos colgaron
a los lados y poco a poco la respiración se hizo lenta de nuevo. Podías sentir
tu mano empapada dentro de su calzoncito, y pese a que toda tu primita estaba
cubierta de sudor sabías que aquello en tu mano no lo era. Moviste un par de
veces tu mano sobre su rajita, pero no hubo respuesta, así que lentamente la
sacaste.
Sólo entonces recordaste a Ana, que estaba sentada viendo todo con los ojos muy
abiertos, con una expresión de ansiedad, miedo, curiosidad y preocupación. Su
propia mano estaba en la abertura de sus pantalones, y aunque nada más en su
cuerpo se movía su mano parecía tener voluntad propia. Pareció estar a punto de
decir algo cuando Aura finalmente abrió los ojos y se removió en tu regazo.
---Es lo mejor que he sentido nunca ---dijo mientras intentaba darse la
vuelta---, eres mi primo favorito ---agregó mientras se incorporaba con premura
en la cama y te daba un beso en el cachete. Estaba toda cubierta de sudor, y la
blusa se le pegaba al cuerpo, pero sonreía como nunca. Entonces vio a Ana,
quien todavía parecía desconfiar de lo que había pasado---. Es lo mejor,
empieza como cosquillitas en tu pancita, luego parece que voy a hacerme pipí, y
luego se siente increíble ---le explicó a su primita emocionada.
Ana retiró la mano de su pantalón y te miró, luego a Aura y a la entrepierna de
Aura. Viste entonces que tenía una mancha obscura en el pantalón. Probablemente
sus jugos habían traspasado el calzón y habían manchado al pantalón. Aura lo
vio, se llevó una mano para tocarlo y luego lo olió, haciendo un gesto, pero
pareció no importarle. Te habías limpiado la mano inconscientemente en tu
pantalón, pero aún estaba el olor de tu primita, y discretamente lo percibiste,
algo dulce y muy penetrante. Estabas pensando alguna forma de explicarle que no
podía comentarlo cuando Ana habló.
---¿En serio se siente bien?
---Se siente lo mejor ---contestó con seguridad Aura---, mil veces mejor que
cuando sólo te tocas ---aseguró.
---Pero recuerda que tu mamá dijo que no te tocaras ---comenzaste. El rostro de
Aura perdió la sonrisa y te miró con consternación.
---¿No le vas a decir que me tocaste, verdad? Me regañaría y castigaría ---te
suplicó.
---No se lo diré si tú no se lo dices ---le aseguraste sonriendo.
---Este ---habló entonces Ana---, ¿me lo harías sentir a mi también?
---preguntó mientras se ponía aún más colorada.
---Si ---le contestaste sonriendo---, pero para eso si necesito tocarte...
directamente ---le dijiste.
Ana te miró con desconfianza, como sopesando si sus reglas se sobreponían a lo
que había descrito Aura. Finalmente pareció decidirse y comenzó a desabotonarse
los pantalones. Te levantaste para ir a su lado, pero un grito te detuvo.
---¿Qué es eso? ---gritó Aura al ver el bulto en tus pantalones cuando te
incorporaste. Fue tu turno para sonrojarte, mientras pensabas cómo contestar.
---Es lo que... yo tengo... por donde hago pipí ---contestaste al fin. Ahora
tanto Ana como Aura miraban el bulto.
---He visto el de mi hermano, y no es tan grande y duro ---aclaró Ana. Aura se
había atrevido incluso a tocarlo sobre tu pantalón. Y ahora eras tú quien se
bajaba el pantalón para mostrárselos.
Ninguna dijo nada, pero los deditos de Aura pronto comenzaron a tocarlo,
haciendo gestos al ver las gotitas de líquido que salían de la punta, pero la
curiosidad pudo más. Ana lo miraba fascinada, acariciándose con la mano por el
ahora abierto pantalón.
Sabías que las manipulaciones de Aura pronto te harían eyacular, y no querías
crear un desastre en el cuarto de tus abuelos, por lo que, con gran pesar,
retiraste su manita y te subiste los pantalones.
---Creo que Ana quería sentir lo mismo que tú ---le recordaste a Aura.
Ana se negó a quitarse los pantalones, pero no detuvo tu mano cuando la metiste
bajo sus braguitas. Se veía que estaba aterrada, y cerró con fuerza las piernas
en cuanto tu mano tocó su piel. No querías que fuera algo así, así que le
dijiste que se calmara y comenzaste a acariciarla igual que habías hecho con
Aura, masajeando su espalda y tratando de calmarla. Te llevó bastante tiempo,
tiempo en el cuál perdiste tu erección, pero finalmente Ana parecía calmada y
no se sobresaltó cuando colocaste tu mano en su entrepierna por sobre el
pantalón, ni cuando comenzaste a bajar por su pancita.
Pero cualquier otra cosa quedó cancelada cuando escucharon abrirse la puerta de
entrada. Los tres saltaron. Ana estaba más sorprendida que nadie, casi se podía
decir que frustrada, y tardó mucho en abotonarse los pantalones. Aura se sentó
en la cama ocultando la mancha en el pantalón y tratando de despegarse la blusa
del cuerpecito, y tú te acomodaste la ropa lo mejor posible.
Afortunadamente sólo eran Cesar y Álvaro que volvían de las maquinitas, y no
prestaron atención al preocupado grupo que formaban tú y tus primitas.
\centerline{$ * \quad * \quad * $}
Regresaste a tu casa ese domingo completamente trastornado. No sólo habías
tocado una vulva por primera vez, sino que habías hecho que tu primita de nueve
años y medio tuviera un orgasmo, y ahora Ana estaba bastante dispuesta a que la
tocaras. Cualquier idea de resistirse al proceso se desvaneció de tu mente,
aunque la culpabilidad iba en aumento.
Aura no se quedó, al parecer tu tío no encontró una casa que le gustara y
pudiera pagar, así que Aura se marchó antes del próximo domingo, y de nuevo las
reuniones fueron rutina, con aquellos que se reunían. Pero cosas importantes
habían cambiado en tu relación con Ana. Una vez que las barreras cayeron, las
libertades que te permitió Ana aumentaron mucho, era claro que lo que deseaba
era sentir aquello que había sentido Aura, y te dejó explorarla en orden de
conseguirlo.
Siempre recordarías la primera vez que te permitió ver su pequeña rajita.
Estaban en el cuarto de las muñecas, y ella se acostó en la cama, con las
piernas abiertas, llevaba una falda larga de cuadros rojos y amarillos. La
miraste con delicadeza tras cerrar la puerta con seguro y te acercaste a ella.
No podías creer que te dejaría verla y tocarla. Comenzaste acariciando sus
brazos, piernas y cuerpecito, como habías hecho ya en las semanas anteriores, y
finalmente te atreviste a meter una mano por debajo de la falda mientras
seguías acariciando sus piernas.
Entonces levantaste la falda y la colocaste con delicadeza sobre el pecho de tu
primita, dejando ante tus ojos sus pequeñas braguitas. Eran rosadas y con
algunos dibujos de ositos, las acariciaste por los bordes, tocando al mismo
tiempo el calzoncito y la suave piel de tu primita. Ana se estremeció y su
respiración se agitó, abrió las piernas un poco más y luego te dejó proseguir.
Con delicadeza, tanta como te lo permitía el deseo que sentías, colocaste tus
manos en el elástico de sus braguitas y comenzaste a jalarlas hacia abajo. Casi
al instante las manos de Ana te detuvieron.
---No, no puedes quitármelas ---dijo alterada mientras las sostenía con sus
manitas.
---Está bien ---dijiste con delicadeza, aunque estabas muy decepcionado.
Seguiste acariciándola por el perímetro de sus calzoncitos, y podías notar que
una pequeña mancha húmeda se formaba en el centro de éstos, no podías creer lo
cerca que estabas y no poder verla. Habías mantenido tus manos alejadas de su
centro para que ella misma te pidiera que la tocaras, pero aunque se movía y
jadeaba con tus manipulaciones no dijo nada.
No aguantaste más, tomaste entre tus dedos la sección de sus braguitas que
ocultaba su pequeña vulvita, y lo hiciste a un lado, dejando al descubierto el
premio que tanto anhelabas. Te sorprendió lo que te recibió. No era más que una
línea rosada en el centro de la entrepierna, sin ningún distintivo particular,
pero el olor que exhalaba y la humedad que lo rodeaban no dejaban dudas de la
excitación de tu primita.
Mientras con una mano sostenías el calzón a un lado, con la otra tocaste
suavemente su rajita, estaba caliente y pegajosa, tal como la de Aura, y te
maravilló la forma en que los labios superiores se abrían ante tu toque, al
tiempo que tu primita exhalaba un gemido de placer. Tocaste con dos dedos la
longitud de la línea y ésta se fue abriendo para revelar el rosado interior, de
un color como una fruta deliciosa, sólo esperando para ser comida. Deseaste en
ese momento lamerla, pero temía su reacción, por lo que simplemente seguiste
tocándola. Entonces reparaste en su clítoris, justo sobre la entrada a su
vaginita, una protuberancia de piel que se había abierto paso hacia fuera
mientras tus dedos recorrían los labios de su vulva.
Lo tocaste con el pulgar y tu prima se estremeció de placer. Su respiración ya
era muy rápida y su cuerpo comenzaba a moverse mientras sus manitas te
acariciaban los brazos. Con tu dedo medio recorriste el interior de su vulva,
ahora completamente expuesta, presionando con algo más de fuerza, y pronto
encontraste aquel lugar donde casi una falange de tu dedo podía hundirse en el
cuerpecito de tu primita. Ahí estaba la entrada a su vaginita, y por un momento
pensaste ver que tanto de tu dedo podían insertarle, incluso pasó por tu mente
la imagen de tu verga entrando ahí, pero sabías que era demasiado pequeña.
Diste otro toque a su clítoris, dispuesto finalmente a llevarla a su primer
orgasmo.
Pero justo entonces alguien tocó la puerta y la manija se movió. Rápidamente te
apartaste de Ana, al tiempo que ésta se incorporaba y se acomodaba la falda.
Aquello había sido lo más cercano que habían estado, ya que pocas veces Ana
llevaba falda y con todas los primos por la casa era muy difícil encontrar un
lugar solo durante mucho tiempo. Sin embargo Ana te permitía ahora meterle la
mano en los pantalones y tocarle su rajita cada vez que podían.
Estabas feliz con aquella situación, si bien que cada Lunes prometías a todas
las deidades que ya no lo harías más, pues sabías que de alguna forma estabas
dañando a tu primita, y probablemente a ti también. Pero cuando llegaba el
domingo no podías evitar seguir adelante con todas tus fuerzas.
\section{Invitación de Rodri}
Varias semanas pasaron así, y antes que te dieras cuenta llegaron las
vacaciones. Con ellas tuviste mucho tiempo libre entre semana para pensar en
tus actos, y planear estrategias en voz alta para evitar encontrarte a solas
con Ana, al mismo tiempo que planeabas cómo sí hacerlo en voz baja. Pero fue de
nuevo el destino quien te ayudó, u obstruyó, ya que un buen día, mientras leías
tu correo electrónico, tu mamá te anunció que Cesar, Ana y tus tíos habían ido
de vacaciones a visitar a unos familiares, y que no volverían por algunas
semanas. Aquello fue un golpe duro, pero decidiste que era una señal para dejar
de una vez por todas, y mientras aún podías, aquella malsana relación.
Fue por eso mismo, además de tus gustos personales, que aceptaste una
invitación a dormir de parte de tu tía materna, Patricia. Vivían en la ciudad,
pero a más de una hora de viaje, por lo que no los veías muy seguido, aunque de
cada diez llamadas telefónicas recibidas en tu casa cinco eran de ella.
Patricia tenía dos hijos. Diana, dos años menor que tú, pero aparentaba mucha
mas edad que sus 15 años, era una muchacha extrovertida y madura, segura de si
misma y muy divertida. Recordabas haber jugado con ella cuando era una niña,
pero ahora ella prefería salir con sus amigas o su novio a estar con la
familia, siempre se vestía con esmero y debías reconocer que era de las
muchachas mas guapas que conocías. Pero no era ella quien te había invitado,
sino su hermano pequeño, Rodri.
Rodri era un año mayor que Ana, y según la opinión de Diana, lo peor que le
podía ocurrir al mundo. A ti te caía muy bien, y al parecer el sentimiento era
mutuo, pues siempre decía que eras su primo favorito. No sabías lo que habías
hecho para ganarte ese apelativo, pero te agradaba. Jugar con Rodri era
divertido y sin duda te quitaría de la mente cualquier otro pensamiento, tratar
de seguirle el ritmo a un niño de once años es una labor que requiere cada
segundo de cada minuto de cada hora del día. En parte por eso te había llamado
tu tía, Rodri salía de vacaciones junto contigo, mientras que Patricia tenía
que trabajar y Diana todavía tenía escuela.
El primer día que pasaste allá fue muy divertido, considerando que Rodri y tú
tenía la casa para ustedes solos. Sólo tenías que cuidar que Rodri no
destruyera nada importante y seguir sus juegos dentro y fuera de la casa, cosa
que te agradaba bastante. Jugaron con sus videos, salieron en bicicleta y
jugaron baloncesto. Comieron cuando Patricia regresó del trabajo en la tarde, y
cuando tu tía se retiró volvieron a jugar. En todo el día no viste ni rastro de
Diana, había salido antes que tú llegaras y su mamá dijo que probablemente no
regresara hasta ya de noche.
Si de Rodri hubiera dependido no hubieran dormido aquella noche, jugando
Nintendo o Play Station. Pero su mamá fue clara al respecto y los mandó a
dormir. Ya que vivían en una casa no muy grande habían de repartirse las
habitaciones. Diana se apoderó de la suite en el piso de arriba, y Rodri había
elegido uno de los cuartos del piso bajo. Su mamá, tratando de ser
condescendiente, dormía en el otro cuarto de la planta baja, por lo que el
cuarto de las visitas era el cuarto pequeño, casi ático, en el segundo piso.
Rodri y su mamá se durmieron temprano. Una por cansancio y el otro por que lo
obligaron, tú te quedaste pensado un rato antes de dirigirte a la cama, y no
bien habías caído dormido cuando escuchaste que la puerta del cuarto frente al
tuyo se abría: Diana había llegado. Trataste de volver a dormir, pero tras
girar varias veces en la cama aceptaste que no lo lograrías. Notaste que tenía
que ir al baño, y pensando que tal vez tras levantarte y acostarte de nuevo el
sueño regresaría saliste de la cama.
Tardaste en acostumbrarte a la oscuridad, pese a lo cual llegaste al baño sin
problemas. Ya ibas de regreso a tu cuarto cuando escuchaste ruido que venía del
otro lado del pasillo, de la puerta de tu prima Diana. Te acercaste con
curiosidad y escuchaste con atención. Podías oír movimientos armónicos y
repetitivos, acompañados de ves en cuando por un gemido leve o el sonido de las
sábanas al moverse. Ya suponías lo que ocurría, pero por costumbre colocaste la
mano sobre la puerta, y ésta se abrió hacia adentro chirriando.
Todos los ruidos pararon al instante, y antes de que tu prima dijera algo
hablaste en voz queda:
---Disculpa, no sabía que te estabas masturbando ---dijiste nervioso---, me voy
a mi cuarto a hacer lo mismo ---añadiste tratando de romper la tensión. Siempre
habías hablado francamente con Diana, la considerabas una muchacha muy lista, y
ella también confiaba en ti. Y aunque no habían platicado de sexo antes,
suponías que no se molestaría por tu comentario.
---Espera ---te dijo desde dentro. Oíste que se levantaba y movía algunas
telas, antes de levantarse y abrir la puerta completamente---, fue mi culpa,
debí cerrar bien la puerta ---podías escuchar su rápida respiración, prueba de
su anterior excitación---. Por qué no entras, no nos hemos visto en todo el día
---te ofreció tras un momento de silencio.
Entraste y ella cerró la puerta tras sí para luego encender la luz. El brillo
de la habitación te cegó un momento, pero finalmente lograste enfocar tus
entornos. El cuarto de Diana no había cambiado desde aquella tarde cuando Rodri
usó una pluma para forzar la puerta y robarle un lápiz de cejas. Lo que llamó
tu atención fue tu prima, había crecido bastante desde que la vieras, era
apenas cinco centímetros mas baja que tú, delgada y morena, con el cabello
negro y rizado que caracterizaba a tu familia, y un rostro suave y redondeado.
Se había quitado el maquillaje y no se había molestado en peinarse, además de
que se había echado encima las cobijas de la cama para cubrirse, pero nadie
podía negar que era una hermosa muchacha.
---Hacía mucho que no nos visitabas ---dijo al fin.
---Mucho menos de lo que tú me has visitado ---le contestaste sonriendo. Diana
también sonrió, se sentó en la cama y te invitó a sentarte. Obviamente quería
decirte algo.
---Entonces ---comenzó---, ¿tú también te masturbas? ---preguntó al fin, y
viste que el rubor subía aún más en su rostro. Era algo raro, pues normalmente
Diana podía hablar de cualquier cosa sin pena ni gloria.
---Si ---respondiste al fin---, hasta donde lo entiendo cualquier persona sana
lo hace ---añadiste.
---Si, ya sé ---dijo Diana sonriendo---, pero es que con todas las normas
sociales en que vivimos es difícil creerlo ---dijo mucho más suelta, como era
su forma normal de ser. Sin embargo pronto el color se le subió de nuevo al
rostro---. ¿Y alguna vez... lo has hecho? ---preguntó de nuevo, sin mirarte a
los ojos.
La pregunta te tomó por sorpresa, aunque no demasiada, dados los tintes de la
conversación. Imágenes de todo lo que habías hecho con tus primitas pasaron por
tu mente. No podías decírselo, pero no querías mentirle.
---¿Tener sexo? ---respondiste al fin---, no... ---tomaste aire---, no todo al
menos ---tragaste saliva al ver que los penetrantes ojos negros de tu prima
escrutaban los tuyos---. ¿Y tú? ---preguntaste al fin, intentando esquivar su
mirada.
---No, tampoco ---respondió más con desgana que con vergüenza---, mi novio y yo
nos hemos besado y tocado un poco, pero nada más. Mi mamá me prohibió cualquier
cosa y me vigila. Pero mi novio quiere hacerlo y... yo también ---levantó la
cabeza en un gesto que conocías de decisión---, y voy a hacerlo, no importa lo
que mi mamá diga ---terminó.
Estabas sin palabras (aunque con una gran erección). Miraste su rostro y
notaste que el rubor había vuelto, pero no por la vergüenza, al parecer la
charla la estaba excitando, o tal vez era remanente de sus actividades previas
a tu intromisión.
---Bueno ---dijiste al fin---, bien por ti, creo que tengo que ir a mi cama
---añadiste, pero Diana te interrumpió.
---No tienes novia, ¿verdad? ---preguntó mirándote a los ojos. No esperó a que
le respondieras---, no, se ve que no ---se levantó olvidando las cobijas en la
cama. Vestía un camisón largo color azul cielo que dejaba en claro la forma de
sus senos, pequeños pero firmes y salientes---. He pensado que... pues mi novio
tiene ya experiencia en esto. Y tú sabes que no me gusta estar en desventaja. Y
pues pensé que sería bueno tener práctica de lo que sería ---hizo una pausa en
su tren mental para mirarte, aún sentado en la cama---, y como tú tampoco
tienes mucha experiencia creo que podríamos... practicar un poco ---terminó---,
Si tú aceptas, claro ---remató algo preocupada
---¿Sexo? ---preguntaste atónito---, ¿tú y yo? ---no podías asimilar lo que
había dicho---, ¿aquí? ---terminaste con la boca abierta.
---¡No! ---contestó ella rotundamente, cerrándote la boca con la mirada---, no
todo, quiero decir ---habló más suavemente---. Quiero darle mi virginidad a mi
novio ---se sonrojó al decir aquello y se llevó las manos al rostro---, pero
quisiera ver los... las partes... masculinas en vivo ---continuó---, entender
qué les gusta y qué no, cosas por el estilo ---terminó sentándose en la cama,
cubriéndose el rostro con las manos, sabías que debías estar completamente
roja, tú nunca te hubieras atrevido a decir aquello, y aún que conocías la
expresiva personalidad de tu prima te sorprendió su discurso.
Tragaste saliva para humedecerte los labios, secos como el desierto desde que
comenzara la plática.
---Cualquier hombre que no salte sobre ti si le dices eso es que es gay o está
aterrorizado.
Diana se quitó las manos de rostro y te miró medio asombrada, estaba tan roja
como te la imaginabas, una leve sonrisa, que la hizo ante tus ojos la criatura
más hermosa del mundo, se dibujó en sus labios y su mano se extendió hasta
posarse sobre la tuya.
---Pues no saltaste sobre mí ---te dijo dulcemente, y pareció que el rubor
subía aún más. De pronto su mano te parecía como algo caliente, y la ligera
pijama que vestías te parecía un atuendo tan caluroso como un abrigo en pleno
verano---. Y supongo que te agradezco eso ---dijo mientras cerraba los ojos y
dejaba que su rostro se acercara al tuyo.
Lo que hiciste no lo pensaste, no pensaste en las consecuencias ni en nada más.
Simplemente te dejaste llevar hasta que tus labios tocaron los suyos. Fue un
beso suave y tierno, sentiste sus labios y te dejaste llevar por la maravillosa
sensación. Habías oído acerca del "beso francés" y cosas por el estilo, pero
para ti aquel fue un beso perfecto.
Poco a poco abriste tu boca para abarcar más de ella y tu prima hizo lo mismo.
Giraste la mano que tenías en la cama y tomaste la de tu prima, mientras con tu
otra mano comenzabas a acariciar los hombros de tu prima. Ella fue más
aventurada, ya que su mano fue a posarse directamente en tu entrepierna, donde
tu erección era claramente visible. Al sentir sus dedos sobre tu miembro
rompiste el beso y la miraste.
Diana regresó tu mirada con aprensión al tiempo que soltaba tu miembro y se
apartaba, temiendo que la rechazaras, pero no había nada que desearas menos.
Rápidamente alargaste tu mano y la colocaste sobre uno de sus pechos, era suave
y firme a la vez, y se ajustaba perfecto a la palma de tu mano, incluso podías
sentir bajo el camisón el pezón que intentaba salir. Diana se sorprendió un
momento, pero luego sonrió y regresó a tu miembro, tratando de identificarlo a
través de la tela de la pijama.
Acariciaste su pecho un momento, y era claro que le producías placer, tanto
como el toque de su mano en tu verga te lo daba a ti, pero deseabas ver más,
tocar su piel desnuda, por lo que soltaste su otra mano e intentaste levantar
el camisón sobre su cabeza. Diana te miró un momento y luego subió los brazos y
se levantó para permitirte proseguir. Te sorprendiste al descubrir que no
llevaba bragas, aunque claro, hubieran sido incómodas para masturbarse. Miraste
atontado el ligero pelaje que cubría su entrepierna, era muy suave, pero lo
suficiente para impedirte verla directamente. Tan concentrado estabas que no
notaste que ella te desvestía hasta que tu camisa te bloqueó la vista, y antes
que lo notaras estabas tan desnudo como ella, y con una gran erección frente a
ti.
Diana te miró de nuevo, como pidiendo permiso, y colocó ambas manos alrededor
de tu verga, por un momento temiste que te dijera algo de su reducido tamaño
(comparada con otras que habías visto en Internet), pero tales pensamientos se
borraron con el primer toque de sus manos, las primeras que te tocaban que no
fueran las tuyas, sabías que no tardarías en eyacular, y como prueba ya había
una gran gota de fluido en la punta de tu verga.
Rápidamente lanzaste tus hambrientas manos hacia el cuerpo de tu prima, tocaste
sus pechos, sus oscuros pezones que se movían ante tu toque y luego bajaste,
acariciando sus caderas, su estómago y sus piernas. Pasaste a sus muslos y
finalmente, cuando tu prima abrió sus piernas a tu toque, introdujiste tus
manos a su lugar sagrado.
Diana dio un gemido cuando tus dedos tocaron los labios de su vulva, y comenzó
a jadear mientras tus dedos recorrían el interior y exterior de su rajita. Fue
entonces que descubriste que tu también jadeabas, y que tu orgasmo no estaba
lejos. Encontraste su clítoris en la punta de su vulva, y mientras lo sobabas
suavemente entre dos dedos le advertiste.
---Diana... creo que voy... ---más no tuviste que decir nada más, pues al
instante Diana te soltó, cortando la excitación. Tu también retiraste tus manos
y la miraste. Su rostro estaba rojo, tanto como el tuyo, y su respiración era
agitado como la tuya.
---¿No quieres... verlo más de cerca? ---ofreció mientras se retiraba un mechón
de pelo de la frente, acto seguido se recostó en la cama de lado. Tú la
seguiste, de forma que tu cabeza quedara a la altura de su pubis y viceversa.
Conocías la famosa posición del 69, pero no estabas seguro si ella aceptaría
comerte, o si tú lo harías.
De nuevo lanzaste tu manos a explorar, y Diana abrió las piernas para
permitirte el acceso. Su vulva era más grande que las de tus primitas, pero muy
parecida. Era rosada y húmeda por dentro, y exhalaba un olor maravilloso y
desconocido. Apartaste con dos dedos los labios externos y examinaste el
interior, al tiempo que sentías los dedos de tu prima sobre tu verga de nuevo.
El interior de su vagina era hermoso a tu vista, podías ver el pequeño bultito
de su clítoris, completamente erecto, así como el pequeño agujero que era la
virginal entrada a su vagina. No podías soportarlo más, era demasiado
atrayente, y las manos de tu prima explorando tus testículos te decidieron.
Acercaste tu rostro a su entrepierna mientras aspirabas su aroma, y con
delicadeza diste un beso a su sobresaliente clítoris. Todo el cuerpo de tu
prima se tensó de placer y sorpresa, al tiempo que un gemido lo acompañaba.
Entonces recorriste con tu lengua la longitud de su rajita y comenzaste a
comértela. Era un sabor extraño, ni agradable ni desagradable, pero intoxicante
e irresistible.
Pero una nueva sensación te llegó al momento. Sentiste que tu verga de pronto
entraba a un lugar cálido y húmedo, que la rodeaba completamente al tiempo que
la acariciaba por todos lados. Un gemido escapó de tus labios mientras tu prima
comenzaba lamer tu miembro, y reanudaste esfuerzos en su vulva, prestando mucha
atención a su clítoris. Sabías que no podrías resistir más, que si Diana seguía
chupándote así eyacularías en su boca, deseabas advertirle, pero no podías
apartarte de su rajita.
Fue Diana quien evitó que explotaras, soltándote un momento antes del punto sin
regreso.
---Te necesito ---dijo entre gemidos. Apartaste tu rostro de su vulva mientras
inconscientemente disparabas tu verga hacia ella, tratando de terminar---,
quiero sentirte dentro ---repitió ella al tiempo que se giraba en la cama
quedando sus piernas abiertas contigo en el centro. Más por instinto que
pensando reaccionaste, incorporándote hasta quedar alineado con su rajita.
---Pero ---lograste decir---, ¿qué hay de tu... virginidad? ---dijiste
recordando lo que antes había dicho.
---Te la... doy ---fue toda la respuesta de Diana, quien ya se había llevado
las manos a la entrepierna y abría provocativamente su vulva mientras se
frotaba el clítoris. Aquella visión, de tu hermosa prima acostada frente a ti
dispuesta a todo te decidió. Sus pechos se alzaban al aire y su piel parecía
arder de deseo, igual que tu.
Sin pensarlo más te acercaste a ella, sosteniendo tu miembro en la mano, y
alineándolo con la entrada a su virgen vagina. Cuando la cabeza de tu verga
tocó la humedad de su vulva sentiste que no resistirías. Era como si un forro
de terciopelo cálido y estrecho se hubiera cerrado en torno a tu pene. Paraste
un poco y luego presionaste un poco más. Sentiste como los labios de su vulva
se plegaban a tu miembro, intentando succionarlo dentro del virginal cuerpecito
de tu prima.
Entonces supiste que no soportarías, habías pasado el punto de no regreso, y
siguiendo el instinto que te obligaba, empujaste con fuerza contra la virginal
entrada de su vaginita y comenzaste a eyacular chorro tras chorro de semen
mientras uno de los mayores orgasmos de tu vida te recorría. Duró mucho más de
lo que creías posible, y cuando finalmente las contracciones de tus testículos
cesaron te dejaste caer sin fuerza sobre la cama y el cuerpo de tu primita.
Te incorporaste tan rápido pudiste, preocupado por ella, poro viste en su
rostro que Diana aún no llegaba a su clímax, e intentaba con sus propias manos
alcanzar lo que le habías negado. Te deslizaste hacia abajo, hasta que tu
rostro quedó a la altura de su vagina, y sin preocuparte por las manchas de
semen que cubrían su ombligo, muslos y la sábana, así como toda su vulva,
comenzaste a lamerla.
El sabor era muy diferente, pero no te importaba, ya que lo único que deseabas
era hacerla sentir tan satisfecha como tú te habías sentido un momento antes.
No bien habías tocado con tu lengua su clítoris un par de veces que Diana
empezó a dar grititos al tiempo que subía y bajaba las caderas metódicamente.
Finalmente se quedó quieta, tendida en la cama, satisfecha al fin.
Todo el cansancio de aquel ejercicio, así como las altas horas de la noche y la
actividad a que habías sido sometido durante el día recayeron en ti entonces.
Apenas tuviste fuerzas para subir a la cama, abrazar tiernamente el cuerpo
desnudo de tu prima, sin preocuparte que una mano quedara sobre su pecho
izquierdo, y caíste dormido. Apenas sentiste entre sueños cuando tu prima se
movió para cubrirlos a ambos bajo las cobijas y correspondía a tu abrazo con un
beso en la mejilla.
\section{Despertares}
Algo en tu interior te despertó, y te impedía volver a dormir. Trataste varias
veces de regresar al placer de la inconsciencia, no recordabas dónde estabas o
lo que ocurría, sólo sabías que te encontrabas en un lugar cálido y acogedor, y
que lo que más deseabas era dormir de nuevo, mas había algo en tu mente que te
molestaba y te impedía dormir. Finalmente te decidiste y con dificultad abriste
un ojo. Lo volviste a cerrar al instante, pues la luz te cegó. Una vez más lo
abriste y cuando finalmente te acostumbraste a la luz viste que frente a tu
rostro estaba el hermoso rostro de tu prima Diana, dormida como un ángel a tu
lado, completamente desnudos y abrazados.
Pero otros pensamientos te asaltaron al momento. ¿Qué hora era? Tal vez tu tía
estaba a punto de entrar por la puerta para despertar a Diana, y si los veía
así sería un escándalo. Te incorporaste de un salto, aventando las cobijas que
los cubrían en el proceso, buscando un reloj. La luz del cuarto venía del foco,
el cuál se había quedado encendido. Giraste y finalmente descubriste un reloj
al lado de la cama, para tu alivio marcaba las 4:57.
Diana también se había levantado asustada cuando tú lo hicieras, y al igual que
tú miraba aliviada el reloj. Ya sin la preocupación del tiempo echaste una
mirada a tu prima. Era hermosa, mucho más de lo que la recordabas, recorriste
con la mirada sus pechos, bajaste hasta su ombligo y sus caderas y luego a su
entrepierna, ahí viste su vello púbico parcialmente cubierto por manchas de tu
semen, prueba de las actividades nocturnas.
Diana te atrapó mirándola, y con presteza recogió su camisón y se cubrió de tus
ojos. La miraste al rostro, esperando encontrar una broma, pero descubriste que
estaba en verdad avergonzada y sonrojada.
---Es mejor que regreses a tu cuarto ---te dijo. Viste que su mirada se
desviaba hacia tu polla, flácida en ese momento, pero al instante miró en otra
dirección.
Bastante desconcertado accediste y te retiraste tras recoger tu ropa. No
entendías su actitud, teniendo en cuenta todo lo que habían hecho, pero lo
aceptaste. Te metiste en tu pijama y te acostaste en tu cama, pensando. Un
momento después escuchaste la puerta de Diana abrirse, y por un momento
esperaste que entrara contigo, más escuchaste que era la puerta del baño la que
se cerraba. Pensaste esperarla cuando saliera, o incluso regresar a su cuarto,
pero el cansancio te venció y antes que lo supieras ya estabas dormido de nuevo.
Despertaste mucho más descansado con el Sol en el rostro, y por un momento no
encontraste ningún signo especial en aquella mañana, más pronto las
irregularidades a tu alrededor entraron a tu mente. Ese no era tu cuarto, ni
siquiera pertenecía a tu casa. Y justo cuando a tu mente acudían lentamente los
recuerdos, la puerta de la alcoba se abrió y entró tu tía, hecha un remolino.
Aún no recordabas bien lo que había ocurrido anoche con tu prima, pero el temor
te llenó al ver la entrada de su mamá.
---Oh! ---dijo ella al ver que la veías---, que bueno que ya despertaste, ya es
muy tarde y me tengo que ir a trabajar. Rodri salió a jugar con unos amigos
pero no tardará mucho en regresar. Y Diana amaneció enferma, así que trata de
mantener a Rodri en el piso de abajo. No te preocupes, regresaré antes de la
comida, y creo que Diana dormirá hasta entonces. Lamento dejarte, pero se me
hace tarde ---y sin esperar respuesta de tu parte salió.
Te relajaste al oírla cerrar la puerta de la casa, y te obligaste a recordar.
Tu prima y tú habían tenido sexo, en su cama. El pensamiento hizo que tu verga
diera un respingo de satisfacción. Que te recordó que debías ir al baño.
Una vez te descargaste, otra serie de pensamientos entraron a tu cabeza.
Recordaste la forma en que tu prima te corrió anoche, cómo se cubría de ti,
recordaste las palabras de tu tía, acerca de que había amanecido enferma; tu
estómago te recordó que no habías probado bocado, mientras que el agridulce
sabor de boca que tenías hacía referencia al dulce néctar que probaras anoche;
y encima de eso tu primo Rodri no tardaría en regresar y acaparar toda tu
atención por el resto del día.
Decidiste que debías enfrentar a Diana, pedirle disculpas y ver cómo
reaccionaba. Entonces podría decidir si te quedabas o si acortabas tu visita.
Dos escenarios pasaron por tu mente al pararte frente a al puerta cerrada del
cuarto en que anoche experimentaras tan deliciosos placeres. Por un lado Diana
podía invitarte a su cama de nuevo, rehaciendo la fantasía de la noche anterior
con renovado vigor, y era por eso que le había dicho a su mamá que estaba
enferma; pero también cabía que la hubieras lastimado anoche, hecho algo que no
le agradara, y que ahora no sólo no quisiera volver a verte, sino que podría
acusarte de violación.
Giraste el pomo de la puerta mientras desechabas ese pensamiento. Diana te
había invitado a su lecho, no había sido violación, no hiciste nada que ella no
quisiera. Empujaste la puerta y entraste al opaco cuarto. No sabías si era tu
imaginación, pero te pareció que el dulce olor del cuerpo de tu prima y el tuyo
invadía el ambiente. Diste un paso adelante, seguro de que no habías hecho nada
malo. En la cama, de espaldas a ti, descansaba tu prima. Diste un paso hacia
ella cuando en tu mente apareció una palabra, y luego una frase: "Quiero darle
mi virginidad a mi novio". Te detuviste en el aire. Le habías quitado su
virginidad anoche, pese que ella te dijo que no lo hicieras. Y bien podías
haberla lastimado. Ya no estabas tan seguro de tu inocencia.
Pero antes que pudieras recapacitar, tu prima se volteó en la cama y te miró
con ojos turbios de sueño. Esperaste anhelante que dijera algo, un reclamo, un
grito, un cumplido. Tu prima te miró y sonrió, se apartó en la cama para que
pudieras sentarte y te preguntó suavemente:
---¿Cómo dormiste?
Tardaste un momento en contestar, ya no tenías miedo, pero estabas fascinado
por su belleza.
---Bien. ¿Y tú?
---Tuve bonitos sueños, pero creo que me estiré algo anoche, estoy muy
adolorida ---te explicó mientras trataba de estirarse bajo las cobijas, y un
gesto de dolor marcaba sus facciones.
---Yo... lo siento ---comenzaste.
---¿Cómo? ---preguntó ella mirándote de nuevo.
---Siento haberte lastimado. Haberte quitado tu... ---no podías decirlo---, el
regalo para tu novio ---terminaste al fin.
Diana te miró desconcertada y luego soltó una serie de fuertes risas, que el
dolor le obligó a controlar.
---No me duele "ahí" ---dijo significativamente---, me duele la espalda, las
piernas, los brazos, como si hubiera hecho mucho ejercicio. Y claro que lo hice
---añadió con un guiño---. Creo que me estiré un tendón, eso es todo ---dijo
moviéndose de nuevo---, y con respecto a mi virginidad, no te preocupes. En
primer lugar recuerdo muy bien haberte dicho que te la daba ---aclaró,
seria---, y además no la tomaste, no llegaste a penetrarme del todo ---finalizó.
Te quedaste perplejo (cosa normal en su presencia) al oírla hablar con tanta
soltura de su encuentro. Y no se te ocurrió nada que decir, excepto tomar su
mano en la tuya y acariciarla.
Diana sonrió de nuevo y te miró con ternura, misma que te diste cuenta emanaban
tus ojos.
---Quizá podríamos hacerlo de nuevo ---sugirió. Tu pulso se aceleró, abriste
los ojos y sentiste que tu verga se preparaba. Diana notó aquello---, pero no
ahora, estoy bastante cansada y adolorida, y además creo que alguien acaba de
entrar ---se incorporó en la cama y te dio un beso en la mejilla, para luego
recostarse y cerrar los ojos, al tiempo que desde abajo llegaba el grito de su
hermanito llamándote.
Pasaste el resto de la semana allá. Más no hubo muchas oportunidades para estar
a solas con tu prima, y las pocas que hubo Diana se negó a proseguir, regida
por la cautela. Regresaste a tu casa con una admiración mucho más grande de tu
prima, no sólo era lista, extrovertida y muy hermosa, sino también precavida y
capaz de controlar sus impulsos en situaciones que sabías, tú no podrías.
\section{Nada más}
Escribí este cuento hace más de 10 años, y me alegra decir que todavía me
agrada. Tiene varios problemas de ritmo, repeticiones, puntos confusos, etc.,
pero en general lo veo como un cuento exitoso.
Excepto por ester incompleto. Por lo que recuerdo del argumento (después de 10
años de haberlo imaginado), el protagonista seguiría sus encuentros con Ana
hasta llevársela a la cama en casa de unos vecinos, tras lo cual tanto Diana
como Ana resultan embarazadas. Tras esto la relación sale a la luz y tanto Ana
como el protagonista son castigados y obligados a separarse, creciendo
normalmente de ahí en delante.
Si de verdad alguien quiere que escriba el resto del cuento, por favor dígamelo
por medio de la página de "Retroalimentación" en mi
\href{http://www.asstr.org/~Tod_Naturlich/feedback-es.html}{sitio de ASSTR}.
\end{document}